La guerra de tronos que se libra entre Washington, Beijing y Moscú por eurasia, el pivote de la historia, el “heartland” del mundo, muestra la multipolaridad que ahora reina en el orbe, donde “la competencia” entre China y Estados Unidos es la contradicción más importante por su poderío económico y militar, mientras que la rivalidad de Washington con Moscú es colateral, pero peligrosamente nuclear, mientras India saca provecho e invierte en Rusia al igual que Irán, lo que le da sustento a Putin para seguir su guerra contra Ucrania, ante la oposición de Europa y la OTAN. De esta guerra los ganadores son las petroleras y la industria de armamento de las grandes potencias. China ofreció un plan coherente de paz para Moscú y Kiev basado en el Derecho Internacional, mientras exige a Washington que frene sus presiones bélicas por Taiwán que habrá respuesta.
En este cuadro destaca el gran cambio en el nuevo orden mundial: China salió de la pobreza con un imparable crecimiento económico del diez o más por ciento anual desde hace décadas, aunque desaceleró luego de la pandemia del Covid-19, originado allí, desde que el pragmático Deng Ziaoping se abrió al mundo. Ningún país capitalista occidental lo hizo tan rápido como el capitalismo “socialista” de China, que en alguna forma imitó el modelo japonés, a su manera, con su propio desarrollo capitalista (Ben Ross Scheider, Hierarchical Market Economies and Varieties of Capitalism). Ahora China es la segunda potencia mundial, seguida por Japón, pero aún tiene mucho que avanzar, pues su PIB per cápita ocupa el lugar 82 en el mundo con doce mil dólares, mientras la cifra es de setenta mil dólares en Estados Unidos, pero China cuenta con una población de 1.4 millardos de personas.
El presidente Xi rompió el orden de sucesión dejado por Deng Ziaoping de rotar el liderazgo del partido comunista cada dos períodos, pues en noviembre pasado Xi asumió un tercer mandato y se consolidó como dirigente máximo al ocupar la cúpula del partido y del Estado. Se interpreta como una vuelta a la férrea mano de Mao, pero no a la ideologización suya, pues Xi mantiene el pragmatismo como regla y el autoritarismo también. ¿Por qué? Antes era previsible saber quién iba a ser el dirigente máximo, pero ahora Xi seguirá así para asumir un cuarto mandato junto a la gerontocracia que lo acompaña. Xi no quiere que se repita en su país la implosión que sufrió la URSS, que es lo más le teme, y tomará las medidas para evitarlo, incluso con el uso de su fuerza y la violación a los Derechos Humanos (mantuvo en presión al Premio Nobel de la Paz chino, Liu Xiaobo, y murió de cáncer, aunque otros dicen que fue envenenado). ¿El pueblo augur dejará el Islám, considerado por Xi como un disruptor a la uniformidad china taoista? Xi prefiere las ideas de Confucio y Buda y un capitalismo pragmático bajo la dirección estatal. No ha tenido piedad con sus detractores. Si bien Xi es hijo de los pioneros de la revolución de Mao y gozó de estudios en las principales universidades, pese a que su padre fue muerto en la Revolución Cultural, sus amigos nacieron privilegiados como él de igual manera, pero optaron por hacer dinero. Xi prefirió trabajar en la provincia de joven y dado su buen trabajo, bien visto por las autoridades, los viejos amigos de su padre lo catapultaron y lo hicieron volver a Beijing, según Víctor C. Shih, en su último libro “Coalitions of the Weak in China”, y se rodeó de personas no muy conocidas. Así, emergió dentro del sistema y tomó su propia vía e hizo al lado a sus rivales. Su popularidad es alta gracias también a que su esposa fue una radiante actriz popular.
China es un reservorio de inteligencia y cada vez Washington tiene que poner más alertas. El Ministerio de Justicia estadounidense acusa a Beijing de veintitrés delitos por fraude financiero, lavado de dinero, conspiración para defraudar, espionaje tecnológico variado para recabar información en entes abiertos como bibliotecas, instituciones de investigaciones en variedad de campos y bancos de datos de empresas e instituciones. A los viajeros chinos como estudiantes de intercambio, de comercio y programas de cooperación científica se les obliga a que den la información en muchos casos. (Seguirá).
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Fernando González Davison
FGD, guatemalteco (1948), abogado, con estudios de desarrollo económico en las universidades de París y de Ginebra. Fue profesor invitado de las universidades de Estocolmo, Tulane y Georgetown. Embajador en Japón, Singapur y países sudamericanos. Ganador del Premio Guatemalteco de Novela (1987) y Monteforte Toledo de Novela (2000). Entre sus mejores novelas históricas están Oscura Transparencia, la caída de Árbenz, La montaña infinita y Los peores días, editada por Alfaguara.