Estamos tan absortos en nuestras burbujas individuales, que no nos tomamos ni siquiera el más mínimo espacio para ver lo que ocurre después de la punta de la nariz. Pero en realidad, ¿ese tipo de manifestaciones es muestra de desinterés por el entorno, simple juego de prioridades, enconchamiento porque lo que sucede alrededor es sumamente complejo, ruidoso y provoca miedos? ¿Dejamos de ser sociedad, para volver al primitivismo de privilegiar el espacio mínimo, lo que algunos denominarían el metro cuadrado? ¿Qué tanto peso tiene las tendencias contemporáneas que privilegian el individuo por encima de la comunidad? Esas y otras preguntas son necesarias colocar sobre la mesa, porque evidencian, probablemente, en enorme contrasentido.
Mientras los desafíos se multiplican por montón y la idea del futuro mejor se desvanece, las reacciones de las colectividades supuestamente afectadas por ese conjunto de factores o al menos algunos de ellos se mantiene perpleja, estática, atomizada y adormecida. O al menos esos rasgos son los visibles. Si tras lo evidente están sucediendo otras facetas, dinámicas imperceptibles para los ajenos pues ya es hora que se manifiesten. Esperar vientos favorables resulta ingenuo o fantasioso.
A más presiones, mayores son los silencios. Tal parece que esa ecuación ha tomado fuerza en entornos como Guatemala. Pero en la actualidad, en otras latitudes, ocurren sucesos que expresan la vigencia de las dinámicas tradicionales: si se aprieta más de la cuenta, las sociedades, en especial los afectados directamente, no se mantienen callados sino actúan para revertir las medidas que los colocan contra la pared, o al menos para dejar evidencia de sus malestares. En Francia se anuncia la elevación de la edad mínima para jubilarse (de 62 a 64) y las expresiones sociales no se hacen esperar. En Irán se mantienen las protestas más prolongadas desde la Revolución Islámica de 1979. A un costo muy alto en vidas las protestas se han convertido en unificadores sociales bajo el liderazgo de muchas mujeres tras el lema “Mujer, vida, libertad”. No menciono otras regiones de alta combustión porque su contenido responde a coyunturas políticas enconadas, como Perú.
Si el silencio no es un comportamiento esperado o común en las sociedades, entonces ¿de qué depende que los movimientos sean realidades? ¿Que haya un grupo promotor que agite las aguas o que alguien superior dé permiso? O simplemente esperamos que algún día los vientos cambien de rumbo, nos dejamos llevar por la inercia y abandonamos la idea de hacernos escuchar.
Es posible que el silencio sea producto de un constructo creado a fuego lento, es decir, edificado cuidadosamente por un conjunto de organizaciones interesadas en moldear, a su saber y entender, las capacidades (mínimas) de respuestas colectivas. En ese plano, el modelo educativo ha jugado un papel relevante al impregnar muchos de los ingredientes necesarios para ser una “sociedad aguantadora”, hoy convertida en “resiliente” para dejar bajo la alfombra definiciones más reales, como calladas, complacientes, compra populismos, interesadas en más pan y circo, en dejarse cautivar por las redes sociales y el conjunto infinito de opciones orientadas a desviar las atenciones en beneficio de lo irrelevante.
Mientras los despeñaderos aparecen afilados a la vuelta de la esquina, nos seguimos entreteniendo como si nada pasara esperando que el remolino solo sea un mito.
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Renzo Rosal
Politólogo. Fue director de Incidencia Política de la Universidad Rafael Landívar hasta junio de 2015 y es integrante del Foro Guatemala y de Convocatoria Ciudadana.