PESTAÑA j25-girona-atleticomadrid-liga22/23 Crónica 4 De un tiempo a esta parte el Atlético tiene otro aire. Ya no avanza con pesadez y chirriándole los engranajes, sino que muestra un juego más fluido que invita a un optimismo difícil de intuir hace solo unos meses. No parece haber un detonante claro para ello, más allá de la jerarquía abrumadora que ha adquirido Griezmann y de que los estados de forma de los jugadores son inescrutables. Ahora golea en casa y el VAR le concede goles de Morata a última hora. Vive un momento dulce, un equipo robusto que recuerda a las mejores épocas del Cholismo. Ante el Girona, pese a un inicio impreciso por mérito de los locales, supo encontrar su lugar en el partido y dominar. No es cualquier cosa. No hace tanta se hubiera quedado a merced del rival y viéndolas venir. Simeone, que tampoco está ya para experimentos, apenas varió el once que goleó al Sevilla. Volvió Nahuel al costado derecho, lo que empujó a Marcos Llorente a la posición de interior. El resto eran los mismos, incluyendo a un Memphis que ahora está por delante de Morata. El gran atractivo local era Riquelme, enfrentado al equipo que posee sus derechos y que no ve la hora de recuperarle. Será la temporada que viene. Mientras tanto, el canterano se debe a quien le paga. Antes del partido repartía abrazos a Morata, Saúl y compañía, pero luego fue el primero en avisar de las intenciones del Girona con un par de carreras con el balón cosido al pie que metieron el miedo en el cuerpo a los zagueros del Atlético. Luego, Llorente se encargó de ayudar en su marca y desapareció. Los ataques, entonces, comenzaron a caer del lado colchonero. Llorente, también activo en la parcela ofensiva, filtró un pase a Griezmann que provocó la primera gran ocasión del partido. La asistencia del francés la remató alta Memphis, quien también fue protagonista en la siguiente. La pelota, de nuevo, acabó en las nubes. El neerlandés ejercía de socio ideal, siempre bien colocado, pero con la mirilla desviada. También se entonaba Carrasco, incisivo por la banda izquierda y con ganas de dar guerra. Lo ya escrito: el Atlético fluía, pero faltaba el gol. Ocho disparo sin premios en el primer periodo. El Girona, en cambio, no sabía aprovechar su superioridad numérica en el centro del campo y corría demasiado detrás de la pelota. El VAR tomó protagonismo excesivo al inicio de la segunda mitad por una posible mano en el área de Oriol Romeu. Obligaron a Melero a ir al monitor a perder el tiempo, pero el árbitro principal, sensato, no quiso entrar en ese jardín. El caso es que el parón sentó mal al Atlético. Tsygankov puso en aprietos a Oblak con un potente disparo cruzado. Los de Míchel habían encontrado un resquicio. Lo percibió Simeone también, que quiso dar un nuevo impulso a los suyos con un triple cambio, pero siguió metiendo miedo el Girona. David López levantó al estadio con un atrevimiento desde el centro del campo que obligó de nuevo a Oblak a ofrecer su mejor versión. No fue la última. Riquelme también puso a prueba al esloveno en la prueba final de que el miedo había cambiado de bando. El Atlético se perdía, entre otras cosas, porque Griezmann había desaparecido. Es lo de siempre. Sin él entonado, el Atlético decae, pero a la mínima que interviene su equipo es otro. Suyo fue el saque de esquina que culminó en el tanto de Morata tras un barullo en el área que lo puso en duda.