Cuando Pogacar atacaba en los últimos metros de la ascensión al Poggio, cuando el pletórico balcánico rompía este centenario monumento y su enésima exhibición, tras el recital de Andalucía y su victoria ante Vingegaard en la París – Niza, parecía una consecuencia lógica en una incipiente carrera de éxito perenne, tres hombres consiguieron coger su rueda. Eran tres corredores de primerísima élite, tres todoterrenos despiados: Wout van Aert, Filippo Ganna y el actual campeón de ciclocrós Mathieu Van der Poel. Y fue este último, uno de los mayores exponentes de esta nueva camada de corredores voraces que hacen de lo extraordinario una costumbre, quien atacó ferozmente a cinco kilómetros de meta para soltar el manillar, llevarse la manos a la cara, sonreír y cruzar en solitario bajo el sol de la Liguria. La edición 114 de esta vieja clásica, la más larga del circuito UCI con 294 kilómetros, arrancaba temprano en Abbiategrasso, una pequeña ciudad lombarda, agrícola, empedrada y, claro, bonita. Italia no falla, su encanto ruinoso, decadente y elegante hipnotiza hasta a un ignorante; quizá sea la tierra idónea para albergar a un deporte legendario.