España se ha modernizado desde que ingresó a la Comunidad Europea, aunque sigue aún
marcada por su pasado fascista, del que evita hablar para no herir ciertas susceptibilidades.
Como señalé en un artículo anterior, es el único país del mundo que vivió tantos años bajo
una dictadura sin que, al final, a pesar de la transición pacífica hacia la democracia que se
operó a finales de los años setenta, el fascismo haya sido extirpado de determinadas
instituciones del Estado, de las costumbres y del pensamiento de muchos ciudadanos, así
como del panorama político nacional.
Como también expresé, me sorprendió en España descubrir que algunos primos y primas
hijos de mis tíos anti-franquistas, introyectaron a tal punto el miedo a la autoridad y a la
reflexión crítica durante los años de la dictadura, que hoy apoyan a los partidos más
conservadores e incluso votan a “Vox”, el partido de raíces fascistas que surgió como
reacción contra la coalición de izquierda “Unidas Podemos”. Si agregamos a esta realidad
interna el hecho de que el péndulo de la historia europea parece inclinarse de nuevo hacia
posiciones cada vez más ultranacionalistas y derechistas, y por completo sumisas frente al
país más poderoso y sibilino del planeta, lo único que podemos afirmar es que la coyuntura
mundial actual es cada vez más preocupante.
“Dime con quién andas y te diré quién eres”, dice una famosa frase. Podríamos, también,
decir: “Dime qué miras y te diré qué piensas”. Me refiero a los medios de comunicación
como la televisión, los diarios, etcétera, porque son los instrumentos con los cuales sus
propietarios, los poderosos consorcios financieros, construyen la llamada “opinión
pública”, imponiendo o sugiriendo sus criterios y su visión del mundo a la población en
función de sus intereses, que casi nunca coinciden en profundidad con los intereses de los
ciudadanos. Y para lograrlo, pues utilizan las técnicas de publicidad basadas en la
distracción y en la idiotización masiva para inducir qué deben pensar, qué deben sentir, qué
deben temer, y a qué deben aspirar, todo lo cual incidirá necesariamente en las grandes
decisiones políticas que tomen.
Y es que la publicidad, en gran medida, en su esencia última, raras veces o casi nunca es
una técnica de información, sino más bien es una técnica de mistificación, de maquillaje o
de escamoteo de la realidad, que actúa no necesariamente a base de mentiras puras (aunque
también, y cada vez más), sino a partir de una sutil combinación de verdades con medias
verdades, de medias verdades con falsedades, y de insinuaciones y suposiciones sin
comprobar. Así hasta la saciedad, hasta el asco, hasta el embrutecimiento colectivo. En fin,
hasta la victoria final (del capital, se entiende).