En 1999, el chavismo representó para una inmensa mayoría una renovación política, que conllevaría luego a una reestructuración institucional, cuyas banderas apuntaban no sólo por una mayor justicia social expresada en una mejor redistribución de los ingresos nacionales, sino además por una urgente eficiencia en la arquitectura del Estado. Mucho se habló de su reducción, pero poco se adelantó en esa dirección.