Como sociedad, particularmente la guatemalteca, tenemos una cultura de sobrevivencia y chiste. Nos reímos de todo y toda situación, por dramática que sea, despierta el humor; nos gusta el contacto físico, estar en grupo es algo generalmente alegre y motivador para sacarnos la risa; tenemos gran disposición al trabajo, la mayoría de la gente se levanta de madrugada, trabaja duro y se esfuerza mucho para lograr sobrevivir.
Pero al observar diferentes hechos en días recientes, entre ellos, la creatividad silenciosa de la gente en la elaboración de alfombras en donde pudimos ver denuncias silenciosas que develan los atropellos cometidos por autoridades estatales; la difusión reiterada de noticias sobre la complicidad de empresarios y funcionarios corruptos; las reacciones de odio contra quienes opinan diferente en las redes sociales; sobresalen los enfoques cuyo objetivo reiterado es matar el espíritu, el gozo, la ilusión y la capacidad de soñar.
En general prevalece la indolencia y la comodidad de coexistir en medio de relaciones violentas, como que estamos más en nuestra salsa cuando vivimos en conflicto o en tensión, aunque sea por situaciones irrelevantes. De tal manera, que se ignora recurrir al diálogo franco, de tener en cuenta la importancia de la empatía o de impulsar procesos de sanación personal.
La mayoría de las personas sueña con vivir cómodamente, pero ese sueño está metido en la caja del consumismo. La ilusión se ve marcada por la búsqueda de la pareja perfecta, de la casa perfecta, de las y los hijos perfectos, del trabajo perfecto; a pesar de que sabemos que esa perfección no existe.
Ilusionarnos y soñar puede ser liberador. Hacer el esfuerzo por tener nuevos horizontes de inspiración, como salir a la calle libremente, tomar agua potable de los chorros, que los ríos sean libres y limpios, que existan espacios de tiempo y físicos para el descanso y el ocio, que las artes sean parte de la vida, pueden ser elementos de esas búsquedas que marquen nuestro vivir.