Antonio Annino y Francois-Xavier Guerra son los coordinadores de un interesante libro compuesto por veintitrés ensayos en los que se narra la construcción nacional en Iberoamérica durante el siglo XIX: una saga en la que todo el continente participó con mayor o menor éxito. Hoy existe un consenso entre los especialistas de que la nación y su doctrina, el nacionalismo, son indudablemente las ideas políticas más importantes de la época contemporánea.
Sin embargo, al enfocarnos en los detalles de la historia, existen enormes diferencias en cuanto a lo sucedido en el hemisferio. Por ejemplo: el origen de la nación brasileña marca un proceso diferente del de las naciones independizadas de la corona española a principios del siglo diecinueve. La “casa real” portuguesa decidió trasladarse en pleno a su colonia americana al ocurrir la invasión napoleónica y establecer allí la monarquía, sistema de gobierno que se mantuvo hasta 1889, en que se proclamó la república. Así, Brasil se ahorró gran parte de la inestabilidad política, las guerras civiles o internacionales y el desastre económico que la mayoría de los nuevos Estados, herederos de la monarquía española, vivieron a partir de sus respectivas independencias.
México, por ejemplo, vivió desde 1810, año en que se inició el proceso de independencia hasta 1876, un periodo de gran inestabilidad política; el país ¿sería un imperio o una república?; y si república, ¿federal o central? También sufrió guerras e invasiones extranjeras, secesiones de varios estados y guerras civiles que dificultaron el proceso de construcción de su Estado nacional. Sin embargo, poco a poco se consolidó la nación mexicana en torno a símbolos tan poderosos como la virgen de Guadalupe, la República liberal y la Revolución. En cambio, en Centroamérica, que había sido el reino de Guatemala y que logró en 1821 su independencia “sin luchas sangrientas”, de inmediato la región se fragmentó en varias repúblicas independientes, incluyendo Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Estos nuevos Estados enfrentaron desafíos geográficos, políticos, económicos y sociales que dificultaron su consolidación nacional, incluyendo la falta de una identidad compartida entre los grupos sociales que los componían, europeos, criollos, mestizos e indígenas; la presencia de elites regionales que buscaban a toda costa mantener su poder local; gobiernos débiles, pobres con poca legitimidad y la interferencia de las potencias extranjeras que trataban explotar los recursos de una región tropical sumamente montañosa.
En estos procesos, participaron diversos líderes políticos y sociales, algunos autodesignados intelectuales con desiguales niveles de conocimientos y educación, que trabajaron para definir las características y valores que deberían guiar a estas nuevas naciones en su camino hacia la modernidad, pero otras veces para obstaculizar el proceso. Algunos estuvieron inspirados en las ideas de las “ilustraciones” europeas, francesa o escocesa, o bien en las tradiciones, costumbres e instituciones recibidas de la España católica tridentina. “El lento crecimiento de regiones como Chile, Venezuela y la capitanía general de Guatemala son ejemplos de regiones excluidas del comercio directo con la metrópoli por el sistema de flotas y galeones. El contrabando era el recurso principal que les facilitaba un desarrollo autónomo, que a su vez contribuía a una mayor autonomía administrativa y por lo tanto también política”, escribe Horst Pietschmann, para explicar el abandono institucional de estas regiones de los principales centros virreinales y su posterior fragmentación estatal en la que quizás se perdieron sus almas, porque, según la frase del decimonónico poeta y político francés Lamartine: “Un pueblo sin alma es solo una multitud”. En efecto, es imprescindible que las masas populares de nuestros países recuperen sus almas extraviadas.