Estas líneas tienen el propósito de dar una respuesta politológica e histórica en un doble sentido: en primer lugar, a quienes tozudamente piensan que su ascensión al poder representa una suerte de consumación del estado o ideal paradisíaco y, por tanto, la culminación de las máximas aspiraciones humanas y de la historia, poseídos, sobre todo, por la idea de que la difusión de una ideología de la pobreza genera invariablemente una sociedad conformista y desmovilizada, un cuadro dantesco de cuerpos inertes solo superable por el exterminio total; y en segundo lugar, ya en el orden de las concreciones, también una respuesta al problema que representa el comportamiento político del venezolano a partir de los acontecimientos del 27 de febrero de 1989, entendido este como el momento en el que tuvo su máxima expresión de crisis este sistema político con claras y violentas manifestaciones de un descontento social acumulado por años con el estado de cosas existente, el cual debió interpretarse (pero no se hizo ni se ha hecho con posterioridad por quienes adversamos), como muestra fehaciente de que dicho sistema entró en crisis, requería (y más que nunca requiere hoy) de cambios incesantes en el perfeccionamiento de su esencia democrática.