La información es un activo de vital importancia para las personas, grupos –incluso antisociales–, sociedad en general, empresas, corporaciones y gobiernos. Todos necesitamos de la información en nuestras vidas y aprovecharla de la mejor manera se vuelve asunto de cada quién.
Desde tiempos inmemoriales el hombre ha buscado la información por diversos medios, como también han tratado de controlarla reyes y gobernantes, sabiendo cada uno de ellos de su importancia, necesidad e influencia. A mayor información, mayor comprensión de la realidad.
Entre los antiguos mayas, quienes fueron eruditos y avanzados en ciencias, matemáticas y astrología, las élites y gobernantes retenían para sí los grandes conocimientos, como una forma de mantener bajo su control a las masas. Eran ellos –sacerdotes y autoridades– quienes conocían la época de las lluvias, lo que les permitía dirigir con autoridad las labores agrícolas. Esto es solo un ejemplo de la forma en que detentaban la información para adquirir poder.
En la antigüedad, los reyes, emperadores, o autoridades locales, eran quienes decidían lo que el pueblo debía o no conocer. No existía el libre flujo informativo y, por lo tanto, los pueblos eran fácilmente subyugados por aquellos.
En la medida en que las sociedades se organizaron, se hizo más evidente la necesidad de libre información por parte de los pueblos, pero no es sino hasta la llegada de la imprenta de Gutemberg (1440) cuando empiezan a publicarse hojas informativas o gacetas, aunque es hasta principios del siglo XVII cuando surgen las publicaciones periódicas, que derivan en los diarios como hoy los conocemos.
Con el desarrollo de la prensa se puede ver que ha sido el vehículo que vino a democratizar la información. Los periodistas se convirtieron en buscadores de información con el fin de trasladarla a las masas, a las grandes audiencias y, de esa manera, arrebataron el monopolio de las manos de los poderosos y gobernantes.
Con el ejercicio periodístico se hizo evidente que la información debe estar en poder de la gente. En 1776, Suecia emite la primera ley para garantizar la libertad de información, que contempla dos derechos fundamentales: obtener y transmitir información.
Desde entonces, hace 245 años, se viene desarrollando fuerte legislación internacional para asegurar el respeto a la libertad de expresión, un paraguas que contempla la libertad de prensa y el derecho a informar y ser informado.
En contraparte, se ha visto un esfuerzo de muchos gobiernos por controlar la información, precisamente porque han entendido que un pueblo bien informado no es fácil de manipular. Los dictadores, por ejemplo, necesitan del control informativo para permanecer en el poder.
En cambio, una democracia auténtica promueve el libre flujo informativo, porque finalmente el gobierno debe ser, como dijo Abraham Lincoln, “del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo”. Cualquier gobernante con esta forma de pensar, estará abonando al fortalecimiento de las libertades y, en particular, la libertad de expresión, en su más amplio sentido.
No exagero cuando digo que cualquier acción gubernamental contra la prensa –medios y periodistas–, constituye un atentado contra la democracia, contra los derechos y libertades fundamentales de las personas.
La importancia de la información es tan grande, que ninguna dictadura –de izquierda o derecha–, puede sobrevivir si permite el libre ejercicio del periodismo. Por eso las dictaduras como las de Cuba, Venezuela o Nicaragua –para citar tres ejemplos vigentes–, han tenido que eliminar la libertad de prensa, porque saben que un pueblo informado tiene poder en sus manos.
Como en Guatemala tenemos el coco ideológico, quiero aclarar que dictaduras de otras ideologías han seguido el mismo camino, aunque no siempre con los mismos métodos. Pinochet controló la información, lo mismo hizo Fujimori, y hasta la dictadura de partido que tuvo el PRI en México lo hizo, aunque con medios más corruptos que represivos.
Cuando se produce un atentado contra la prensa –acoso, amenaza, ataque o intimidación–, no debemos verlo como algo aislado o, como solemos hacer muchas veces, como algo que no me afecta a mí de manera directa. Claro que nos afecta a todos de manera directa.
Cuando hay una acción contra la prensa, hay que verlo como una acción contra la sociedad en general, contra nuestros derechos y como un atentado contra la libertad. En el fondo, cuando un gobierno actúa así, es porque no quiere compartir el poder de la información y se inclina por el abuso, el autoritarismo y la corrupción. En nosotros está el permitir o no que nos quiten o limiten ese poder.