El pasado 11 de abril al menos 27 de los 30 partidos políticos que están en la contienda electoral firmaron un pacto de no agresión al que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) llamó Acuerdo Nacional y buscaba que la campaña sucediera sin violencia.
En palabras de los magistrados del TSE la intención es promover un proceso electoral con integridad, que fortalezca la democracia y el estado de derecho en el país, en un ambiente de paz, respeto, inclusión y ética.
Sin embargo, las prácticas partidistas han sido empañadas por actos que se enmarcan dentro de la violencia electoral y la comisión de delitos tal y como ha sucedido en altercados protagonizados por militantes o activistas de los partidlos Valor y UNE quienes se encuentran a la cabeza de las intenciones de votos.
Lejos de poner a disposición de las autoridades encargadas de la persecución penal a los responsables de estos hechos, las candidatas a la presidencia de esas agrupaciones han intercambiado palabras y una a otra se han increpado la responsabilidad de los actos de sus seguidores.
Los partidos políticos pretenden convencer a la población y a la opinión pública que prevenir la violencia electoral debe ser un acto rector del TSE y sus magistrados cuando en realidad es responsabilidad de las organizaciones partidarias. Son sus líderes locales los que llaman a la violencia, son sus seguidores los que provocan actos de confrontación y altercados, son sus huestes pagadas las que soliviantan los ánimos en los municipios y mantienen en zozobra a la población en general.
En sus intervenciones públicas descalifican al contendiente, promueven campañas negras en sus redes sociales, pagan netcenter para hacer campañas de odio en contra de candidatas, buscan la política sucia y asquerosa que enfurece frustra al electorado. Ah, pero eso sí, al rato pretenden que el votante les vea bonito en sus vallas ofensivas y poco creativas.
Son tan antiéticos, poco transparentes y egocéntricos que en lugar de invertir en promover sus programas de gobierno o agendas de trabajo le meten más quetzales al Photoshop o a las operaciones disque estéticas y salen peor en sus fotografías. Sus rostros de telenovelas baratas ofenden y desaniman.
Hasta para debatir se retan desafiantemente como que no tuvieran otra forma de alto nivel para promover la discusión, dar a conocer sus propuestas y asentir o disentir sobre unos y otros. En ese sentido, mantienen una riña cual perros y gatos y dejan de hacer propuestas coherentes y asertivas para buscar soluciones a los problemas del país.
Y sus estrategas y asesores creen que al levantar la frente y retar lo hacen bien cuando en realidad lo hacen mal o peor pues este pueblo está cansado de tanta violencia y confrontación.
Una confrontación que ahora se vive a diario en los mítines, caminatas y recorridos de los candidatos cuyos partidos políticos son los responsables directos de la violencia electoral.
Señores candidatos si la violencia electoral crece es su responsabilidad.