“A huevos y sin pajas”. Esta consigna de uno de los candidatos a la presidencia es un buen ejemplo de la vulgaridad como instrumento de comunicación política. Expertos en “marketing” político argumentan que la vulgaridad puede acercar el candidato a su público y darle más notoriedad. Y desde los griegos antiguos había pensadores que temían a la democracia porque les permitía a demagogos sobresalir, engañar a la plebe y tomar el poder. En la actualidad la vulgaridad resulta especialmente atractiva en países en que la política tradicional ha sido elitista, tradicional y aburrida.
Pero en Guatemala la vulgaridad ejemplifica el deterioro de la política que comenzó hace décadas. Los que podrían haber iniciado el proceso de recambio al establecerse el régimen democrático en 1986 ya no estaban presentes entonces. Durante la década y media anterior de gobiernos militares, de 1970 a 1985, buena parte de los líderes de oposición de al menos dos generaciones fueron asesinados.
Faltaron estadistas entre los políticos que tomaron las riendas del país después de 1986. No tuvimos un Patricio Aylwin como en Chile o un Adolfo Suárez como en España, que asegurara la consolidación y florecimiento de la democracia a largo plazo, gradualmente, pero con visión. No faltaron políticos bien intencionados. Pero la mediocridad, oportunismo o incapacidad de los líderes políticos que nos gobernaron durante las últimas tres décadas y media, sumados a líderes empresariales que consideraban al Estado como problema y no solución, impidieron el florecimiento de una democracia efectiva, capaz de dar lugar a un país decente.
Los que nos gobernaron tampoco fueron fuente de inspiración de jóvenes dirigentes que profundizaran nuestra democracia. Al contrario, al no tener la altura requerida, propiciaron el gradual surgimiento de otro ejemplo: el de la política principalmente como negocio. Surgió inicialmente entre caciques que se convirtieron en candidatos a alcaldes y diputados distritales. Tenían sus espacios locales de control, y luego ampliaron sus alianzas con líderes políticos nacionales que los imitaron. La política como negocio adquirió una dimensión nacional. Hubo una gran mutación: el político-emprendedor que invertía en las elecciones para luego enriquecerse pasó de operar desde lo local hasta ascender a lo nacional.
Hay que buscar el origen del marketing político inspirado en la vulgaridad en esa gran mutación. Los partidos y propuestas no importan. Lo que importa es el gran cacique local, emprendedor multifacético, con familia ampliada y extensas relaciones, a menudo turbias e ilícitas, y que gradualmente logra un alcance nacional. Amplía sus negocios y combina el ejercicio del poder local con líderes nacionales que se vuelven sus aliados o sus rehenes. Se mimetizan: se apoyan mutuamente y terminan pareciéndose. Esa es la base actual de nuestra democracia. La vulgaridad es solo un síntoma de su deterioro.