El desgarrador alarido que refiere y describe el Evangelio de Mateo precisa que: “Hacia las tres de la tarde, Jesús gritó con fuerte voz: “¡Elí, Elí!”, que en arameo significa: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”. Esas fueron las frases, que plasmaron Marcos y Mateo, de aquel ser humano, el hijo de Dios, encarando a su padre al que reclamaba, en medio de aquel suplicio al que era sometido, que no lo abandonara. Eran lamentos impulsados por ese inmenso dolor, tanto el que escarmentaban sus huesos y su carne, como el abatimiento espiritual derivado de las traiciones que lo afligían en medio de aquella penosa crucifixión.