En estas alegres y traicioneras elecciones, nadie de bailar se escapa, baila la doña, baila la señorita, baila el viejito, baila el jovencito, baila el machito, baila el mariconcito, baila la diputada, baila la majada, baila pirulo, baila la pirulina, baila Trump (la cumbia de la pizza) no digamos Massielita, bailan los gorditos, bailan las flaquitas, bailan contentos, bailan descalzos, bailan con caites, con zapatos tenis o con tacón alto, de Adoc o de Siman. Pasito por aquí, pasito por allá. ¿Quieres que te guise un chicharrón? ¿Un pedazo de jamón? ¿O prefieres pollo frito, mi amorcito?
Al ritmo de la canción ‘El Colesterol’ compuesta por el ya fallecido ‘Fito’ Olivares, cantante y saxofonista mexicano, y convertida en tendencia por la banda mexicana de música regional Los Vendavales la patria baila enloquecida, la patria se exhibe embrutecida, su inexistente soberanía musical, conquistada, de nuevo, por México, esta vez a través de la subcultura de la música regional y los narcocorridos. “No, muy sabroso el chicharrón, tu pollito y tu jamón, Pero ahorita nada de eso, cariñito, ni siguiera tocinito mi gordita”.
La exaltación de la música mexicana hasta convertirla en el lenguaje nacional de las nuevas generaciones de guatemaltecos, en el área rural se ha convertido en un verdadero “rave” colectivo de desenfreno aspiracional, un importado ritual que rinde culto y pleitesía a la ignorancia, las bajas pasiones y la sinrazón de nuestros compatriotas. La ignorancia se realiza, se confiesa y se redime en una orgia musical elemental que conlleva, ante la imposibilidad de migrar, el olvido momentáneo de su propia ignorancia, su frustración colectiva y su miseria.
La aquiescencia es general. En Tik Tok, Mechito es viral; y se baila el “Paso de Mechito”, cuya letra reza asi “Así es Mechito, un personaje bien salido, Mechito vuelta, vuelta, vuelta, vuelta, Mechito dale vuelta. Mechito en las redes es conocido, vuelta, vuelta, vuelta, vuelta, Mechito dale vuelta”. La letra y la música del “Paso de Mechito” son tan malas, que el propio Mechito, el rey del Tik Tok ( su cuenta Mechito GT tiene 982 K seguidores), dijo refiriéndose al baile que esas “huecadas pisadas y pura mierda no le gustaban.”
Mientras Mechito no necesariamente baila al son que le toquen, el país continúa bailando a la velocidad algorítmica del Tik Tok chino; pasito por aquí, pasito por allá, avanza la cultura popular, esa forma de cultura nacional menos refinada y vulgar, pero tal vez, más crítica, audaz y representativa de lo que somos y nos hemos convertido. “¿Qué es lo que te pasa, corazón?, siempre has sido comelón Y hoy te me pones tus moños, mi gordito. No, muchas gracias, pero no, que el doctor ya me ordenó, que me faje el cinturón”, mi amorcito, mi gordita.
La Metamorfosis cultural nacional, la “involución cultural”. La inexorable transición de los salones de la gente bien, copetudos en corrillos de palacios y bibliotecas, de monasterios, universidades y conventos, hacia a las calles y callejones de los barrios marginales, hacia los festivales de Don chicharrón, el baile de los fieros, reinados de belleza, y carnavales departamentales, algunos de ellos, reino exclusivo de la tribu de las Drag Queens, que salieron del closet y el “sexilio” para convertirse en una expresión más de la cultura popular, en contraposición a las “hipócritas” prácticas sexuales del perverso Eleq’on.
La imperante cultura popular guatemalteca, exhibe sin pudor y con total desparpajo, lo que la cultura de la gente “decente” esconde, crítica y contrapone, el vulgar “mal gusto” al supuesto “buen gusto” y criterio de la gente de pomada del país. Los decanietos de la chingada. La desaparición de la artificial frontera entre la cultura y la “incultura” nacionales. ¿Quieres que te guise un chicharrón?, ¿tu pollito y tu jamón? Pero ahorita nada de eso, cariñito, no más grasas, ni azúcar, ni harina, ni más golosinas que me hacen gordito, cochinito y barrigón. Baila baila, date vuelta, oink oink. En las elecciones del espectáculo, el histrión es rey. La prevalencia del gesto y la forma sobre el fondo y el contenido. El bufón convertido en monarca.
Atrás quedan los tiempos cuando la cultura se asociaba, a la filosofía, a la historia, al derecho, a las artes y a la literatura; Renacimiento, Ilustración, la Ciencia, como natural reivindicación al portentoso legado de griegos, romanos. Vivimos los nuevos tiempos de la impostura popular, el vulgar, humorístico y chabacano contrapunto a la tradicional “cultura nacional”, ese insondable agujero negro de la condición humana y de la idiosincrasia guatemalteca. Las elecciones como espectáculo. “Y pa’ colmo mi fiel chaparrita con amor me grita desde la cocina ¿Quieres que te guise un chicharrón?, ¿un pedazo de jamón? ¿O prefieres pollo frito, mi amorcito?”.
Según Mario Vargas Llosa en su magistral ensayo ‘La civilización del espectáculo’, en dicha civilización, la política ha experimentado “una banalización acaso tan pronunciada como la literatura, el cine y las artes plásticas”. La frivolidad, la vulgaridad, ritmos de moda, slogans sin contenido, (con huevos y sin pajas dice un candidato, olvidándose que son las gallinas y no los gallos, símbolo de su partido, las que ponen huevos) comer en público, visitar lugares turísticos, besar niños y sacar pistolas han substituido el espacio que antes, los políticos serios –‘rara avis in terra’- le dedicaban al debate de las ideas y programas de gobierno; los candidatos intelectuales, confinados en su mayoría, a la discreción, la autopromoción y el exhibicionismo.
Por su parte, el votante guatemalteco se encuentra inmerso en la efímera cultura política exprés, la instantánea cultura de la pose y la descalificación, que propicia, cotidiana e implacablemente, el cómodo principio del menor esfuerzo intelectual. Perdido en los algoritmos del tik tok y las 280 letras de Twitter, el votante nacional se ha acostumbrado a comunicarse a través de los emojis de su teléfono inteligente, obviamente aparato más inteligente que él. Los emojis, el retorno a los jeroglíficos de la piedra Rosseta y las estelas mayas. Los futuros engañados, como actores principales y cómplices del fraude y la impostura.
No se trata de juzgar a Mechito, él no es sino una expresión más de “incultura “nacional, una incultura que, a través de las redes sociales, ha crecido exponencialmente, convirtiéndose en la verdadera expresión de lo que ahora es la cultura nacional. No se trata pontificar si es vulgar, corriente o escandalosamente obsceno, simplemente es lo que hay, es lo que somos, es la materia prima del país, la melcocha no da para más, y tal vez porque poco a poco, sin darnos cuenta, con facilidad, en la aquiescencia general, en esta civilización de la política como espectáculo, en mayor o menor grado, todos somos Mechito.
Cantan los Miseria Cumbia Band: “Cuando voy al mercado, llegó al matadero, sacó el monedero, empieza el regateo, compro mi verdura, mariguanol del bueno, fruta miel y avena, y un chicharrón con pelos quiero yo…”. – Ay Doctor, usted sí que no tiene pelos en la lengua- -porque usted no quiere Licenciada- Broma etnocéntrica de la extinta cultura nacional