Se atribuye al escritor, crítico y filósofo español Miguel de Unamuno la frase “El progreso consiste en renovarse”. Progreso, según el Diccionario de la Lengua Española, es la “acción de ir hacia delante”; y renovar es “dar nueva energía a algo, transformarlo”. De suerte que el progreso y la renovación van de la mano, porque suponen avanzar con nueva energía hacia la transformación. “Para atrás ni para tomar impulso, ¡siempre adelante!”, dice el refrán popular.
“Renovarse o morir” es un pensamiento disyuntivo que nos coloca en la perspectiva de que cambiamos radicalmente o sucumbimos irremisiblemente. El mito del Ave Fénix se asocia con la renovación, con el renacimiento, con el resurgimiento. El poeta romano Claudia Claudiano afirma: “El fénix es un ave igual a los dioses celestes, que compite con las estrellas en su forma de vida y en la duración de su existencia, y vence el curso del tiempo con el renacer de sus miembros. No calma su hambre comiendo ni apaga su sed con fuente alguna”. En todo caso, la reflexión “renovarse o morir” se encuentra implícita en distintos trabajos literarios, como en la novela Anna Karenina de León Tolstói, en el ensayo Ariel de José Enrique Rodó y en los ensayos El hombre mediocre y Las fuerzas morales, de José Ingenieros.
Hoy día, nuestra sociedad enfrenta una coyuntura en la que prevalece la incertidumbre, el desconcierto y el temor. Se agotó el modelo “democratizador” que formularon los constituyentes en 1985 y que se intentó reforzar en 1994, a través de enmiendas constitucionales limitadas. Dicho modelo tenía vicios de origen (fallos o defectos) que se volvieron inconmensurables y terminaron por corromperlo por completo. La clase política, heredera de los regímenes militaristas (1970-86), se recetó el ejercicio del poder público sin límites; y, con ese afán, no dotó al Estado de la institucionalidad requerida, que solo era posible a través de un Estado de Derecho eficaz, sustentado en los principios de: (i) Justicia oficial independiente, competente e imparcial; (ii) Poder control efectivo, que desentrañe el manejo de la cosa pública; (iii) Transparencia, probidad y rendición de cuentas; (iv) Autoridad electoral competente y neutral al juego político partidista; (v) Economía de mercado y erradicación efectiva de los privilegios y monopolios; (vi) Seguridad social independiente y universal; (vii) Educación sustentada en la excelencia, la exigencia, la ética, la investigación y la innovación tecnológica; (viii) Sistema político-electoral que garantice una plena democracia representativa, la legalidad del sufragio y la celebración de elecciones libres y justas; (ix) Servicio civil meritocrático, desburocratizado y despolitizado; (x) Disciplina fiscal, equilibrio presupuestario y presupuesto estatal programático y no por partidas; y (xi) Capacidad de autocrítica, a través de una sociedad politizada y del periodismo de investigación.
Lógicamente, el resultado ha sido una democracia disfuncional que habilitó la progresiva concentración de poder, la desinstitucionalización, el irrespeto de los derechos fundamentales, el empoderamiento del crimen organizado, la cleptocracia y la emigración masiva de connacionales. Sin embargo, todavía guardo la esperanza de que, a través del voto consciente en comicios que garanticen el pluralismo político y la participación ciudadana, se restaure y viabilice una genuina democracia institucional, sustentada en la libertad y el Derecho, que ante todo combata la corrupción y erradique la impunidad. Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia, dice Alexis de Tocqueville. La renovación es factible y viable si la votación favorece a opciones democráticas, que promuevan el autogobierno, el respeto de los derechos humanos, el Estado de Derecho, el libre juego de opiniones y la igualdad de oportunidades. Por el contrario, si la ciudadanía se deja seducir por los enemigos de la democracia y por quienes favorecen el clientelismo, el abuso de poder y el despotismo, nuestra actual democracia disfuncional colapsará y la sociedad guatemalteca se adentrará inexorablemente en el laberinto de la sinrazón, la desesperanza y el caos.