Dentro de pocos meses sabremos quiénes serán los gobernantes, cómo se integrará el nuevo Congreso de la República y de qué manera quedan conformadas las corporaciones municipales en los 340 municipios, luego de las elecciones generales que tendrán lugar el 25 de junio y la segunda vuelta o balotaje, prevista para el 20 de agosto.
Como una primera reflexión, cualquiera podría desear que, entre los más de 22 partidos que participan en la contienda electoral, se tendría la posibilidad de escoger entre los mejores hombres y mujeres que hay, representantes con ideologías sólidas y propuestas concretas para impulsar iniciativas positivas para un país urgido de cambios en el orden social y político.
Sin embargo, el gran número de partidos no presenta esas opciones. Por el contrario, el multipartidismo promueve la confusión del electorado y anticipa que el evento, más que una fiesta cívica, será nuevamente una especie de feria de pueblo, en la que la atracción principal es el juego de lotería, aunque sin grandes premios de por medio.
Al menos seis candidatos presidenciales que participaron en el pasado proceso eleccionario se perfilan ya como aspirantes –aunque dos de ellos ya han sido excluidos por el TSE por su línea antisistema–, mientras la gran mayoría de alcaldes y diputados aspiran a la reelección y trabajan para ello con recursos que la alianza oficialista ha puesto a su disposición para que tengan una buena plataforma política con obras pública, acompañadas de un multimillonario saqueo de las arcas del Estado por corrupción.
Competir contra el oficialismo y sus aliados no es sencillo, y se está comprobando que los opositores pueden ser acallados o sacados de la arena política.
El elector tiene a su alcance cualquier cantidad de propuestas, promesas, colores, canciones, sabores y símbolos. Sin embargo, es fácil comprobar que la enorme mayoría de partidos políticos carecen de identidad, de fondo y de una estructura auténticamente democrática, lo que se traduce en apenas cascarones electoreros motivados por el afán desmedido de poder de sus líderes.
La política ha dejado de ser una profesión con vocación de servicio para convertirse en una actividad altamente lucrativa, que termina con la pobreza de quienes la practican, como se ha podido comprobar en los últimos años, cuando se ven transformadas las vidas de funcionarios nacionales o municipales.
En efecto, la actual Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEPP) ha mostrado ser un instrumento para que los mismo sigan gobernando, aunque cambien de partido. A eso hay que sumar que cualquier cosa que salga del actual Tribunal Supremo Electoral (TSE) hay que verla con recelo, porque se ha convertido en una más de las instituciones cooptadas por el oficialismo y sus aliados. Es una lástima que lo que está llamado a ser una fiesta cívica, se ha convertido en un juego de lotería, en donde hay pocas posibilidades de que el pueblo sea quien resulte ganador. Al menos, cabría esperar que no se vote por las reelecciones de diputados y alcaldes. Como en la lotería, la política se ha convertido en un juego en el que se depende de la suerte.