Un 21 de diciembre de 1989, Nicolae Ceaussecu, se dirigía a la nación rumana, sin saberlo, por última vez. Antes del discurso, habría realizado una importante convocatoria de los diversos sectores de la población como prueba de adhesión al régimen, en la plaza central de Bucarest. El país estaba sumergido en los escleróticos socialismos del Este de Europa durante más de dos décadas.