La guerrilla guatemalteca la iniciaron jóvenes oficiales del Ejército tras el fallido intento de golpe de Estado en 1960 contra el general ubiquista Miguel Ydígoras. En el hemisferio se acentuó el “anticomunismo”, mientras Moscú enarboló la lucha de clases contra las potencias coloniales en Asia y África. EE. UU. Por su parte alentó a las colonias a liberarse de sus colonizadores al amparo de la autodeterminación de los pueblos para quedarse con sus mercados. La lucha ideológica comunismo/ capitalismo se acentuó en Latinoamérica tras la revolución cubana de 1959. Washington y Moscú dominaron a sus países satélites y lucharon en guerras de baja intensidad para controlar el Tercer Mundo. Guatemala, como satélite de Washington, en 1960 formó parte del novedoso Mercado Común Centroamericano, orientado por Washington para frenar los efectos de la revolución cubana de 1959. Ese mercado común aceleró el desarrollo y la inversión de industrias livianas estadounidenses con un mercado protegido, y tuvo éxito. Las clases medias llegaron a ser el treinta por ciento de la población y se elevó la clase obrera y sus expectativas. Pero en los años ochenta el proceso se vino abajo cuando Centroamérica vivió el infierno con las guerras tras la caída del dictador Somoza en Nicaragua y el ascenso del sandinismo. La CIA permitió el tráfico de cocaína colombiana en Centroamérica para financiar a los “contras” que luchaban contra el sandinismo. Luego, cuando Miami fue blindada por la DEA, la ruta del narcotráfico se pasó a Centroamérica y México para llegar a EE. UU. Y comenzó a minar la institucionalidad del istmo. La Comunidad Europea jugó un papel catalizador al igual que los países latinoamericanos con el Grupo de Río en buscar la paz. El presidente Cerezo, quien asumió su cargo en 1986, siguió las recomendaciones del Grupo de Contadora que llevaron a los Acuerdos de Esquipulas I y II.
Tras el colapso de la Unión Soviética, Centroamérica volvió a la paz relativa. Se creó el Sistema de Integración Centroamericano (SICA). EE. UU. se distanció de sus antiguos interlocutores (Ejército y empresarios), para ayudar a la democracia. El plan Kissinger de financiar la reconstrucción del istmo se esfumó cuando dejó de existir la Unión Soviética en 1991. Se pasó al mundo unipolar y, a la década, al multipolar. Mientras Rusia declinó, China creció el diez por ciento anual por décadas. EE. UU. mantuvo su hegemonía y creó el Consenso de Washington de liberar las economías. La integración avanzó poco y más el narcotráfico, la corrupción, las diferencias entre los países. Clinton pidió perdón por el rol de su país en 1954 en la caída de Árbenz al firmarse los Acuerdos de Paz en 1996, que el mundo alabó.
Mientras Rusia declinaba, China siguió creciendo el diez por ciento anual por décadas. EE. UU. mantuvo su hegemonía en el mundo en la década de los noventa, pero cambió su política de poder por una más flexible, abierta a las Naciones Unidas, a la democracia. Creó el Consenso de Washington para liberar las economías en el mundo con la vieja consigna inglesa del siglo pasado de “dejar hacer, dejar pasar” para invertir sin trabas en el mercado ahora sí globalizado. En los países estatistas con economía planificada al pasar a las privatizaciones de empresas estatales fue el caos y la corrupción. La democracia emergente mantuvo la exclusión social se deslegitimó pronto al abrirse más la brecha entre ricos y pobres. El proceso de integración centroamericano ya no avanzó en lo social, cultural, económico, pues se quedó en lo comercial. Las democracias del istmo en medio del auge del narcotráfico quedaron en manos de élites autistas y de los narcotraficantes, mientras la corrupción corrompió el Estado, las Cortes, el Legislativo y el Ejecutivo. La clase política se puso a su servicio y la corrupción llevó a la captura del Estado por estos grupos, que se reciclaban a cada elección, reciclando el Estado opresor que venía desde la Colonia en favor de la minoría de siempre.