Ese dicho que reza que “la lengua es castigo del cuerpo”, le encaja con precisión a los seres humanos que se dedican a proferir cuantas cosas se les ocurra, sin reparar si son ciertas o posibles de realizar y además, no son capaces de arrepentirse de mentir o burlarse de sus semejantes. Es el caso concreto del desaparecido Hugo Chávez Frías que en aquellas largas peroratas, transmitidas en cadena de radio y televisión, se dedicaba a hablar de “lo humano y lo divino”. Soltaba de todo, insultos, epítetos, adjetivos hirientes para estigmatizar a sus adversarios y largos rosarios de promesas que terminaron siendo falsas ilusiones y fraudes a esos seguidores que lo santificaban en cada una de esas estrafalarias presentaciones mediáticas.