El Estado está cooptado por las mafias. Y el sistema está hecho a la medida de estas. Eso
significa que sólo las mafias tienen posibilidades reales de ganar una elección, porque cuentan
con todas las facilidades garantizadas por la ley que ellas mismas diseñaron. Entonces, incluso
aquellos grupos que hayan avanzado hasta la conformación de un partido político y que no
pertenezcan a las mafias, tendrán serias dificultades de avanzar hacia la victoria en ese
enfrentamiento público que implica un proceso electoral.
Recordemos que una elección es un proceso en el cual una población expresa su predilección
por personas a las que considera idóneas para representarla en el ejercicio del poder popular.
Algunos creen en ellas por real convicción, pero se trata de números muy reducidos, de
aquellos que están muy cercanos, conocidos como roscas o pequeños grupos que se sienten
comprometidos por la promesa de que tendrán un trabajo. Otros reaccionan por necesidad y
asisten a las urnas alentados porque se sienten comprometidos por miseras dádivas recibidas
durante la campaña y otros pocos esperanzados con que recibirán otros beneficios una vez sus
“favoritos” ganen la elección.
La mayoría, en cambio, esa masa que se encuentra decepcionada de la clase política pero que
carece de los mínimos y más elementales recursos para incursionar en el ruedo y poder hacer
algo para cambiar el sistema, se encuentra de manos y piernas atadas. Incluso con la boca
tapada para efectuar denuncias realmente efectivas que hagan reaccionar al resto.
Y hoy día, incluso, con todo un sistema judicial en su contra, pues quien abre la boca y se pone
a la vista de esas mafias, se convierte automáticamente en víctima del sistema y comienza a ser
víctima de una persecución política sin límites. Esas mafias tienen ahora hasta voceros
extraoficiales que anuncian cada paso que se irá dando en contra de quienes consideran
enemigos del sistema. Porque no es casualidad que lo anticipen, pues no son Nostradamus ni
nada por el estilo. Simplemente forman parte de esa organización que, aunque aparentemente
disgregada para formar la ilusión de un juego democrático, es una sola que juega con la ley y los
operadores de justicia a su favor.
Jose Rubén Zamora, Juan Luis Font, Mishelle Mendoza, Thelma Aldana, Juan Francisco
Sandoval, Erick Aifán y Miguel Ángel Gálvez son solo los más públicos en esta lista de opositores
que hoy pagan por intentar cambiar el sistema y darle una oportunidad a la Guatemala
mayoritaria. Otros periodistas y operadores de justicia se suman a ese grupo.
Algunos podrán pensar que la elección del 25 de junio es el momento de cambiar la historia y
otros pretenden hacérnoslo creer. Pero no es así. Es triste decirlo y más reconocerlo, pero nada
inmediato cambiará nuestra actual realidad. El sistema está diseñado para que uno más de los
mafiosos gane la presidencia, otros tantos sean alcaldes, otros más sean diputados y así puedan
cerrar el círculo eligiendo cortes y poniendo a sus secuaces en mandos medios.
Los poquísimos buenos no pasarán de convertirse en parte de las estadísticas electorales.
Algunos incluso ganarán más de algún curul, pero nada será suficiente para que acaben con los
malos.
Pero tampoco podemos mostrarnos indiferentes y no asistir a las urnas, porque eso les hace
aún más fácil el camino. Y votar en blanco resulta más grave porque terminamos respaldando
indirectamente ese sistema impuesto para que permanezcan eternamente en el poder.
Por ello considero que debemos intentar darle el mejor espacio legislativo a los que
identifiquemos como opositores reales del sistema. Esos que no han hecho gobierno y que han
tenido bancadas raquíticas que no les dan oportunidades reales de cambiar la situación.
Pero si se trata de a presidencia, considero que nuestra mejor opción es votar NULO. Y aunque
muchos dicen que eso también es malo, personalmente pienso que es la mejor forma de
mostrar nuestra inconformidad contra el sistema. De igual forma un malo va a ganar porque
todo está armado para que así suceda. Entonces lo mejor es que dejemos clara evidencia de
que quien gane gobernará con legalidad pero sin legitimidad, es decir, sin el aval de la mayoría
de la población. Ese es el poder que de momento tenemos para mostrar nuestro
inconformismo.
Ese podría ser un buen principio, pues el siguiente paso será presionar para que se reforme la
Ley Electoral y de Partidos Políticos (LEYPP), con lo cual las reglas podrían reestructurarse para
que todos juguemos en las mismas condiciones y de verdad haya oportunidad de una elección
pareja, equitativa y sin ventajas.
Todo lo demás para tener una nueva y mejor Guatemala para todos, vendrá por añadidura.