Ha acabado otro semestre más de cátedra universitaria y me gusta pensar que quienes damos clases nos preguntamos a menudo por qué lo hacemos. ¿Qué nos motiva a hacer lo que hacemos, a dedicarnos a la enseñanza? No necesariamente es un salario. Tampoco las caras largas de algunos alumnos durante las primeras clases del día (por ejemplo, una de mis cátedras inicia a las 6:50 a.m., los lunes). Definitivamente no es la distancia que hemos de recorrer en una ciudad y sus periferias caóticas para llegar a tiempo a las aulas. Semestre tras semestre concluyo que lo que más me motiva a enseñar es la oportunidad de poder ser testigo del crecimiento y superación de mis alumnos. Nada es más reconfortante que ser testigo de cómo esa persona que se examina al final del semestre ha cambiado en cuestión de meses; ya no es la misma porque es mejor que antes. Y no solo porque sepa más sobre ingeniería, derecho, comunicación, psicología o matemáticas. Es mejor persona porque ha aprendido a reflexionar, a escuchar, a cuestionar y a recibir consejo. Ingenieros, médicos, abogados y periodistas hay muchos. Profesionales que sepan reflexionar, analizar y cuestionar con bases éticas y principios claros, hay pocos.
Las calificaciones son números, y aunque nunca he sido muy partidario de ellas, entiendo que funcionan para llevar un control más o menos objetivo de los progresos académicos de los universitarios. Pero al fin y al cabo son eso, números. Por eso para mí las calificaciones más importantes son aquellas que escapan del conteo numérico. Son las calificaciones abstractas, las que se comprueban cuando el alumno da un buen argumento en clase, o cuando hace esa pregunta clave, o cuando presenta un caso y es capaz de estructurarlo, desarmarlo y descifrarlo con maestría, o cuando redacta un texto que, además de estar escrito sin faltas ortográficas, obliga al lector a la reflexión y al cuestionamiento de sus ideas, o cuando pronuncia un discurso con gallardía. En fin, esas son las calificaciones que realmente cuentan, porque esos son los alumnos que como profesores deberíamos formar.
Hace poco, en un conversatorio sobre el futuro de la educación universitaria que se llevó a cabo en la Universidad del Istmo, uno de los ponentes aseguraba que los universitarios más cotizados por las empresas son aquellos que aportan a las instituciones todo aquello que éstas no tienen tiempo para enseñar, como el trabajo en equipo, el respeto, la cortesía y la responsabilidad laboral, y que esa debía ser la misión más importante de una casa de estudios. Sobre todo, de una casa de estudios como la Universidad del Istmo, cuyo lema es “saber para servir”. Insistía el ponente en que una universidad exitosa es aquella en la que ninguno de sus estudiantes, profesores y colaboradores pueda sentir la amargura de la indiferencia, porque todos están enfocados en hacer sentir queridos a los demás, en darse a la gente, en aprender a querer.
En ese mismo conversatorio, otro de los ponentes nos invitaba a los catedráticos a nunca perder el entusiasmo, la ilusión, la alegría y el espíritu de aventura durante nuestras cátedras. Estoy de acuerdo. Aunque yo añadiría que tampoco debemos perder nuestra capacidad de asombro, pues siempre habrá algún estudiante que nos demuestre eso que ya sabemos, pero que a veces olvidamos: que quien enseña no lo hace porque sabe más, pero porque sabe que sabe menos.
@godoyesjd