Guatemala es un país cuya indolencia e indiferencia política duele y desespera. Las claves para entender su impotencia política son múltiples: desde la centenaria injusticia social hasta la estupidización inducida por la tecnología, pasando por el conflicto armado interno que llevó a un genocidio negado por el fascismo tropical. Esta confluencia de factores se magnifica en una situación mundial cada vez más peligrosa e incierta.
La actual situación caótica encuadra un proceso electoral que se realizará en un contexto general de putrefacción institucional. Basta ver el desenfado con el que actúa el usurpador de la rectoría de la USAC, Walter Mazariegos, cortejado por su asquerosa corte de antiuniversitarios.
Así las cosas, con la mayor desvergüenza, se ha estructurado un evento electoral que rezuma ilegitimidad. El Tribunal Supremo Electoral ha procedido de la forma más arbitraria, plegándose de manera vergonzosa a los deseos de los sectores podridos de la sociedad guatemalteca. Es normal, entonces, que muchos descrean del proceso electoral. En este contexto, se ha dado una llamada por el voto nulo, el cual, si supera el cincuenta por ciento del voto válido, podría llevar a una repetición de la elección en un plazo ya contemplado por la ley.
No es difícil entender el sentido de la propuesta, pero no comparto la idea de que, en esta coyuntura, sea la mejor opción. No discuto la validez del escepticismo ante el proceso electoral, la cual alcanzó su confirmación definitiva en la exclusión del binomio del MLP y el de candidatos a diputados que se han caracterizado por su defensa de los intereses de la sociedad guatemalteca.
Mi postura se basa en que existe una posibilidad, en este proceso electoral, de erradicar el secuestro delincuencial del Estado. En realidad, un voto nulo podría allanarle el trabajo al sistema, especialmente porque dicho voto no suele ser tan nutrido. Aunque este fuera mayoritario, la situación no cambiaría significativamente debido a que las mismas autoridades se encargarían del próximo evento electoral.
A los corruptos no les interesa la legitimidad. Quizás no tengan un conocimiento muy completo de lo que significa. Y, de entenderla, casi seguro que no les importa.
Por esta razón, es importante que hagamos lo posible por derrotar al adversario aun jugando en su terreno. El sistema corrupto no pudo eliminar a todos los que se oponen a este. Así, la sociedad debe orientar el voto hacia los candidatos que no comulguen con este sistema de latrocinio y violencia. No todos los candidatos son piezas del sistema. Esto no significa que debe apoyarse a alguien como Carlos Pineda, quien como ha notado mi colega Edgar Gutiérrez, ha capitalizado el sentimiento antipolítico a través de lo que, a mi juicio, son ideas insubstanciales expresadas en la plataforma TikTok.
Debemos reconocer que hay candidatos que no son “menos peores”, sino que simplemente son mejores. Personalmente, confío en que el binomio Semilla, compuesto por Bernardo Arévalo y Karin Herrera, tiene la capacidad y los valores para desarticular el sistema. Mi apoyo se basa en que la plataforma de Semilla desarrolla explícitamente la actitud valorativa que desarrolló el insigne Dr. Juan José Arévalo, padre de Bernardo Arévalo. Reconocer el legado del Dr. Arévalo significa asumir los valores políticos y humanos que dieron a Guatemala una primavera que, con el apoyo ciudadano masivo, puede regresar.,
Respeto la opinión de otros que se inclinen por otros candidatos que han mostrado su rechazo al sistema. Lo importante es no brindarles ningún voto a los que han ayudado a que se consolide este régimen de desvergüenza.
Es importante que la ciudadanía guatemalteca trate de ilustrarse, de conectar los puntos para tener una idea clara de los problemas reales del país. Insto, finalmente, a la juventud guatemalteca a que participe en este evento electoral pensando en recuperar ese futuro que se encuentra en riesgo.