La cita de Zoom estaba pautada con varios días de antelación. Usted lo sabe, hablar con nuestras familias regadas por el mundo se ha convertido en un ejercicio de amor, coordinación y tecnología. Antes, las reuniones eran los domingos, constantes como la fe y previsibles como el canto de las chicharras al atardecer. En la Venezuela de antes, disfrutábamos las reuniones familiares a plenitud, con nuestros cinco sentidos y alrededor de una buena mesa. Hoy, huérfanos de patria y de cercanía física nos toca sin tocar, hurgar en cada encuentro virtual el significado exacto de las palabras y de las expresiones de esa cara familiar que provoca besar, pero sabemos que es imposible. A veces, las conversaciones fluyen, otras no tanto, hay que manejarse con cautela, pues ese último e inefable recurso, el del abrazo a tiempo, no existe… y de lo que quiero hablar hoy con ella puede tomar un rumbo que no quisiera…