Era el primer paso del Tour, pero francamente parecía uno de sus días decisivos: porque los dos gigantes, Tadei Pogacar y Jonas Vingegaard, en la escalada al explosivo Pike Bidea, se acuchillaban desde el origen. Tras tal demostración de fuerza, el personal esperaba que alguno de estos ciclistas pletóricos, los hombres que lucharán otro año más por la general, se vistiera de amarillo en suelo español. Sin embargo, el siempre novelesco presente tenía un desenlace fraternal. Los últimos metros del Pike y su posterior bajada dejaban en solitario a Adam (UAE) y Simon (Jayco), los gemelos Yates. Fue el primero, el compañero del bicampeón Pogacar, el que alzó los puños triunfante ante la poca oposición de su hermano. El actual campeón del Tour de Romandía, en un día que sólo fue empañado por el abandono de la principal esperanza española Enric Mas después de una fea caída, quien sonríe en el comienzo de un Tour que se augura precioso. Bilbao recibía y presentaba a la carrera francesa con la ilusión del pueblo que más amor siente por la bicicleta. El gentío inundaba las laderas de los pronunciados montes de Vizcaya, el verde de la geografía vasca teñía de belleza a este inicio con aroma de clásica y Pogacar, un prodigio que odia la especulación, decidió ser relevante desde el principio de la carrera. El corto Pike se vislumbraba como una pared de dos kilómetros al 10% de pendiente, el esloveno arrancaba tras el fiel trabajo de Lafay y atrás quedaban los sueños de victoria de los ciclistas que se criaron por esas mismas carreteras como Pello Bilbao. Vingegaard, como en el grueso de la edición pasada, no sucumbió ante la explosividad del balcánico, que al esprint sí cogió los cuatro segundos de bonificación tras acabar en la tercera plaza. Dos de sus chicos en el podio; el UAE, como reconoció Marc Soler en línea de meta, tiene la confianza por las nubes.