No sé cuántas llamadas había hecho cuando cundió finalmente el desánimo, pero recuerdo perfectamente el momento. Marqué el teléfono de una conocida inmobiliaria para visitar un piso que creía que podía alquilar. Nada del otro mundo: 45 metros cuadrados con una pequeña habitación y una cocina minúscula, que está ubicado más allá de la M-30, en Madrid. Precio: 800 euros al mes . Tras aguantar una alocución pregrabada de un minuto, un contestador automático me indica: «Si está interesado en algunos de nuestros inmuebles, pulse 1, en caso contrario, pulse 2». Pulso 1. «Si la suma de los ingresos de todos los inquilinos es al menos tres veces el precio del alquiler, pulse 1, en caso contrario, pulse 2». Echo… Ver Más