Siempre he sido muy partidario de que los entrenadores más laureados tengan un último baile en un Mundial, dirigiendo una selección. Y ya puestos a elegir, que no sea la de su propio país. Capello entrenando a Rusia o Hiddink con Corea del Sur son ejemplos a seguir: contratazo, sin grandes aspiraciones y vivir sin la presión de tener que ser profeta en su tierra. Cualquiera que haya pasado un largo tiempo en los banquillos entiendo que aspirará a algo parecido: vuelos en primera, viajes por el mundo ojeando jugadores seleccionables, hoteles con piano y apenas una veintena de partidos que dirigir al año. El bueno de Carletto merece acabar su exitosa carrera así. Necesita reducir su consumo de chicles…. Ver Más