Dos o tres noticias recientes bien ilustran la complejidad que tiene el oficio de la política cuando se le toma en serio, porque se puede ser un extraordinario activista, sensibilizador y movilizador de masas, o ahora un gran comunicador en la redes, contando con el carisma necesario que, por cierto, los enemigos de Carlos Andrés Pérez le negaron hasta último momento al ser el triunfador en las elecciones en 1973, o ser un organizador nato, estructurador de partidos que obliga al dirigente a ser un viajero y contertulio insigne, además de contar con innumerables ahijados que los sociólogos de la política criolla todavía no estudian. El aspecto al que quiero hacer referencia es al político como estudioso de los más variados problemas. Demasiado obvio, esta faceta del político, digámosle intelectual y preparada para dejar sentada su posición, es más notable cuando existe un mínimo de libertades públicas, incluyendo las de la prensa. Por ejemplo, antes no se podía ir a un programa de radio o de televisión para hablar sandeces o tirar flechas por el desconocimiento de los temas, con el riesgo de la auto descalificación. Por citar un caso, ir a Buenos días con Carlos Rangel y Sofía Ímber, exigía manejo de información y mucha, pero hoy no hay equivalente alguno y esto no es nada casual.