Hay quienes llegaron temprano a la política y, a la postre, resultaron unos fracasados en el oficio. O quienes llegaron tarde, coronándolos el éxito. Esto ocurre con el resto de los oficios o profesiones, aunque la mayor probabilidad de aciertos está en el médico quien, desde muy joven, comenzó a estudiar y desempeñar su carrera hasta perfeccionarse; de igual manera, lo hacen el beisbolista, el ingeniero, el carpintero, el bioanalista, y pare usted de contar los ejemplos. Solemos desconfiar del profesional, sea hombre o mujer, que no tenga la experiencia necesaria para resolver situaciones y problemas complicados. Esto es válido para una intervención quirúrgica, un lanzamiento de pelota en las profundidades del campo central, un talado de cedros, una utilización de un reactivo adecuado en un laboratorio. Los habrá muy genios y hasta sortarios para solventar un asunto muy concreto, independientemente de los largos años de destrezas, arriesgándonos al contratarlos por un precio bueno, bonito y barato. ¿Por qué debe ser diferente en el campo de la política? ¿No es cierto acaso que la política comporta también años de aprendizaje, formación y experiencia? ¿O son los políticos marcianos que no reflejan en profundidad la sociedad donde actúan? Entonces, ¿no hay mayores posibilidades de éxito en un dirigente político que haya comenzado desde muy joven su faena que, además, es pública?