Es evidente que el orden mundial basado en reglas dejó de existir. Con tan solo abrir la sección de internacionales de un diario o sintonizar un noticiero, se evidencia que el caos internacional es abrumador. Más allá de si es medible que vivimos en un mundo más o menos ordenado, la realidad ya no está basada en los hechos comprobables, sino en las narrativas más convincentes, y el poder es una mezcla de violencia y la asociación de la inmoralidad desatada. El gobierno, como institución que administra el Estado, y el Estado como constitución del poder legítimo en una sociedad, murieron. El derrumbamiento de la institucionalidad no liberó al hombre del contrato social y lo arrojó a la cruel justicia del mundo natural, más bien estamos siendo gobernados por los humores manipulables de la muchedumbre. Vivimos en oclocracia y comenzado una nueva edad oscura.