Continúa la galopada opositora por la candidatura presidencial, pero hemos visto cómo han disminuido los aspirantes. Iniciamos con más de sesenta, incluyendo a los alacranes que rebotaron y se olvidaron del asunto, buscando de qué otra manera gastar o lavar los churupos. También vimos a los que no están de acuerdo con la plataforma unitaria, y siguen su camino hacia las presidenciales del 2024. Demasiados en verdad, sin que hubiera mayores diferencias entre unos y otros para justificar la cifra. Por ello, algo lógico, los números ya llegaron a diez y, seguramente, terminemos con alrededor de la mitad hasta que sean dos los protagonistas reales que no necesariamente sean los que encabezan hasta ahora las encuestas. Si alguna lección debimos haber aprendido es que no todo lo que brilla es oro. Un ejemplo clásico será la jamás olvidada elección de cierre de siglo donde Irene arrancó como súper favorita y Chávez era el candidato de la cola. El espantoso resultado de diciembre de 1998 arrojó 20 años después un país arrepentido de haber votado, mayoritariamente, por el barinés. Pero volvamos al presente.