En las dos últimas décadas se ha incrementado, exponencialmente, la violencia política en América Latina: los delincuentes lucen como un elemento fundamental en la configuración de una sociedad y como una variable esencial en las relaciones entre los miembros de ésta y los órganos del Poder Público. Todo ello, a través de nuevas formas o modalidades que son propias del tráfico ilegal de estupefaciente, seres humanos, armas, órganos, entre otros. Este tipo de violencia significa que existe una alianza entre la delincuencia común y las actividades políticas que antes se entendían como incompatibles. Observamos como la inserción social en estas bandas delincuenciales se ha convertido en un mecanismo de ascenso social.