Un panorama sombrío se perfila en las democracias de América Latina. Están amenazadas por la tentación totalitaria o autocrática o por la vocación hegemónica, por la seducción de los autoritarismos, por la pérdida de confianza en sus instituciones y principios básicos, por la falta de credibilidad en los partidos políticos como correas de transmisión entre los ciudadanos y el Estado, por la rotura del tejido social, por la corrupción generalizada y la anomia moral. Las características frágiles del sistema político democrático, el que ha tomado más siglos en construir hasta consolidarse no solo como una forma de práctica política representativa y liberal sino en su significado contemporáneo, como una democracia participativa y ciudadana, el más deseable de los regímenes de gobierno por ser el único que asegura en las sociedades una convivencia pacífica y civilizada, que no se impone por la fuerza sino por el acuerdo entre ciudadanos y cuya fuente de legitimidad está en la aprobación de estos, que implica la temporalidad de los cargos y la alternabilidad a fin de no perpetuarse el poder uno o unos pocos, se halla hoy en jaque.