Desertores rusos en el caos burocrático alemán: «Estamos malditos»

Jan tardó diez meses en llegar a Berlín desde Sochi , su ciudad natal a orillas del mar Negro. Tenía 18 años cuando se despidió de su madre para subir a un tren con destino Vladikavkaz, antes de viajar a Georgia y, desde Tiflis, a Estambul. Ahora, cumplidos los 19, se sobrecoge al contar los últimos recuerdos que se llevó de su país: «Fueron días muy confusos y angustiosos. Hombres uniformados iban de casa en casa, comprobaban la documentación y emitían en el momento citaciones militares». El viaje en tren a Vladikavkaz duró 18 horas. Después, intentó llegar en taxi lo más cerca posible del paso fronterizo de Verkhniy Lars, pero había un gran atasco y se vio obligado a hacer a pie los últimos diez kilómetros, arrastrando su maleta de 22 kilos, una mochila a punto de reventar y su ordenador portátil. Hoy cree que aquel «desafío psicológico» mereció la pena y se siente afortunado. Tras cumplir numerosos requisitos académicos, ha conseguido un visado de estudios y está matriculado en la universidad alemana. No muchos rusos que han huido de Putin tienen esa misma suerte. Solicitudes de asilo Tras el inicio de la invasión de Ucrania, en febrero de 2022, se duplicó el número de solicitudes de asilo político en países europeos por parte de ciudadanos rusos. En Estados Unidos se multiplicó por 50. Pero en su mayoría no se trataba de disidentes activos que pudieran acreditar la persecución, sino de ciudadanos que, sencillamente, no estaban dispuestos a morir en la guerra de Putin. «Yo no quería a Putin y estoy en contra de la guerra contra nuestros hermanos ucranianos, pero no era un activista porque estaba en el colegio y cualquier muestra de disidencia habría significado mi expulsión. Pero cuando llegas a Alemania y pides quedarte a vivir aquí, te exigen que aportes pruebas de esa persecución que yo me esforzaba por evitar», describe Jan la espiral burocrática en la que se ver atrapados muchos de sus compatriotas. Noticia Relacionada estandar Si Alemania se declara en «punto de quiebra» migratorio Rosalía Sánchez La CDU ha propuesto a los grandes partidos un pacto de Estado que incluiría modificar el sistema de asilo Las fronteras «La cuestión no es que tengamos miedo de ir a luchar en la guerra, sino que no estamos de acuerdo con esa guerra, con lo que está haciendo Putin en Ucrania . Estoy avergonzado por los ucranianos y sufro por mis parientes allí. No estoy de acuerdo con nada de todo eso, pero no soy un cobarde», se defiende Maxim, que logró evitar el reclutamiento huyendo en coche a través de la frontera con Finlandia. Maxim tiene 32 años, dejó atrás un empleo en unos grandes almacenes y logró cruzar con su mujer y su hija poco antes de que el gobierno de Helsinki decidiese cerrar por completo sus fronteras a los turistas rusos, el 29 de septiembre de 2022. A partir de esa fecha, Finlandia impidió la entrada a los ciudadanos rusos, incluso aunque dispusiesen de un visado expedido por alguno de los países del espacio Schengen, alegando «un grave perjuicio para la posición internacional de Finlandia». «No estoy de acuerdo con la guerra, pero no soy un cobarde» Maxim, ruso de 32 años que abandonó su país Tras ese eufemismo se ocultaba la preocupación de los servicios de inteligencia finlandeses, que sospechaban que entre los miles de rusos que a diario intentaban acceder se camuflaban agentes rusos destinados a obtener información sensible de los aliados occidentales y cuya misión era también identificar a los desertores. «Es que eso es lo que somos nosotros para nuestro país, desertores. Ustedes dicen la palabra disidentes como si fuera algo elogioso, valiente, pero nuestra gente, nuestras familias, nos consideran desertores cobardes y nos desprecian. Por eso sabemos que nunca podremos volver», lamenta amargamente Maxim. «Estamos malditos» , mueve la cabeza a izquierda y derecha, «allí nos repudian y aquí no nos aceptan». Se refiere a que su petición de solicitud de asilo en Alemania ha obtenido respuesta negativa, a falta de pruebas de persecución por parte de las autoridades rusas, más allá de la orden de reclutamiento. Una vez denegado el permiso de residencia, su caso ha pasado a un tribunal administrativo, un procedimiento que se prolonga casi indefinidamente para evitar la orden de deportación a Rusia, que resultaría desastrosa para la mayoría de ellos. Sin casa, sin bici, sin nada «En la televisión rusa ves a toda la gente a favor de la guerra, pero yo tengo familia en Ucrania y sabía la verdad, por eso comencé a colaborar con la organización Rusos por Ucrania, y entonces empezó el problema», relata Konstantin, que sólo espera volver a Moscú para vender su casa y recuperar su costosa bicicleta. «En Rusia te meten en la cárcel por publicar mensajes en las redes sociales, imagina por ayudar a los ucranianos», añade. Gracias a su membresía en la ONG, ha obtenido en Alemania el estatus de refugiado y ahora comparte albergue con numerosos ucranianos. « No les digo que soy ruso. Y a los alemanes tampoco. Sólo si me preguntan. Todos creen que soy ucraniano y les dejo creer. Yo también creo que soy ucraniano», describe a propósito de la complicada relación con su identidad nacional. «Los políticos europeos quieren que la sociedad civil rusa se movilice, pero cuando lo hacemos y vienen las consecuencias, nos abandonan a nuestra suerte», se queja Danil, que era profesor en San Petersburgo y con una orden para presentarse ante el Ejército ruso el 4 de octubre. «Allí estás completamente a merced de las autoridades de seguridad, eso es una dictadura. Así es como se sienten los rusos, siempre con miedo de ir a prisión», explica Ivan Belousov, de la Asociación Rusia Libre, para quien todos los rusos deberían tener derecho al asilo político. Muchos países europeos, sin embargo, rechazan de pleno a los desertores rusos. Ni la República Checa ni los tres Estados bálticos de Estonia, Letonia y Lituania les conceden refugio. Dudan de su amor por la democracia liberal y temen que los refugiados ucranianos puedan sentirse inseguros junto a hombres rusos en edad militar. El ministro checo de Exteriores, Jan Lipavsky ha declarado que «no querer cumplir con las obligaciones para con su propio Estado, no significa que reúnan las condiciones para la concesión de un visado humanitario».

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Author: Pablo Perez