No hace falta explicar lo que es un país desarrollado. Cuando lo ves, te das cuenta. Bien sea por internet, televisión o visitándolos, o viviendo en ellos, se puede apreciar que todos se parecen en algunas cosas: producen una gran abundancia de bienes y servicios y tienen una población que puede adquirirlos, cada uno en la medida de sus posibilidades. La gente trabaja duro y parejo y disfrutan en general una vida más cómoda que en países de menor desarrollo. Las monedas nacionales tienen valor y la inmensa mayoría de la gente gana lo necesario para comer, alojarse, vivir, y más. Casi toda la población es de clase media. Los llamados pobres tienen un nivel de vida de algunos de clase media modesta en América Latina. Tienen mejores servicios de salud; mejor y más masiva educación para los niños y jóvenes; inventan cosas, eso que llaman desarrollo tecnológico; el internet es más rápido y confiable; el agua es potable; no se les apaga la luz; las ciudades son más ordenadas y funcionan mejor; las carreteras, puertos, aeropuertos son, bueno, (…) de primer mundo. Tienen gobiernos democráticos y se respetan las leyes y la propiedad privada. El promedio del PIB per cápita, es decir, la división del total del valor de la economía entre la totalidad de la población es superior a 30.000 dólares por persona (valga la redundancia) al año.