Hace unas cuantas horas atrás se conmemoró el día del empleado público. Una fecha vergonzosa para el régimen que, pese a las manifestaciones lingüísticas de amor expresadas por el tirano mayor y el dolor que alguno de sus secuaces dijo que aquel sentía, sabemos que se trata más del espectáculo rimbombante de quien quiere taparear con sentimentalismo balurdo situaciones inocultables producidas desde el poder. Ese poder que dice cosas que no hace. Que miente y trata de engatusar a los trabajadores, pero ignora que estos están muy conscientes de lo que ocurre.