Desde los principios de la historia, la narrativa ha sido utilizada para generar poder. Es a través de la narrativa que se concreta y perpetúa la moralidad en una sociedad. Desde las pinturas en las cuevas de Altamira hasta el estreno de la última película de Hollywood, la narrativa recrea y reproduce las dinámicas sociales que rigen a un grupo de personas. Lo bueno y lo malo son retratados, usualmente en oposición, y el proceso de tensión y desenlace incorporado en la narrativa produce la catarsis. Y la catarsis es necesaria para una rendición completa ante la moralidad establecida. El mismo Aristóteles en sus escritos se refirió al efecto purificador que tenía la catarsis sobre el cuerpo de los espectadores del teatro de tragedias griegas. La catarsis purifica la mente de las emociones negativas y eleva en euforia a los valores que lograron ese clímax tan deseado. Esa expulsión de emociones negativas colectivas que una buena narrativa produce, regenera los lazos sociales y el apego a la moralidad retratada. Y sobre todo, permite reescribir la experiencia del individuo, una vez lo agónico ha sido excretado de su psique. A lo largo de la historia, las poblaciones en gran parte han sido simples espectadores de las tensiones entre los poderosos. Ciertas narrativas son más exitosas, universales o poderosas que otras. Algunas son películas repetidas, mientras otras son adaptaciones.