Ramón J. Velázquez siempre fue sabio y atinado en su interpretación de los hechos políticos en perspectiva histórica. Igualmente fue capaz de observarlos y de juzgarlos objetiva e inteligentemente en tiempo real. Luego de los sucesos registrados el 27 y 28 de febrero de 1989 –mejor conocidos como el Caracazo–, Velázquez nos dirá con convicción: “El país cambió”, y vaya que tenía razón, pues algo nuevo e inédito avalaba su aserto. Tiempo después, cuando se dieron los intentos de golpes de Estado de 1992, nos dirá que aquello debía asumirse no solo como un hecho que alteraba la noción adquirida –con gran esfuerzo y sacrificios en las últimas décadas– acerca del correcto funcionamiento de las instituciones democráticas, sino además como campanada de alerta ante el más que visible agotamiento del modelo sociopolítico establecido en 1958 –una inquietud que compartía con Rómulo Betancourt en sus últimos encuentros–.