Un gobierno, sea tiranía, sea democracia o hasta comunismo, puede cometer muchos errores, pero uno que jamás puede permitirse es equivocarse sobre lo que piensa la gente y, especialmente, sobre lo que interpreta. Esa equivocación le costó el Gobierno a aquellos copeyanos de Caldera y el Cambio, a los adecos que creyeron ser imprescindibles frente a un Pérez al cual hicieron prescindible, a un Salas Römer que creyó que cabalgando a Carabobo ganaba su batalla.