Leemos estos días el espectacular incremento de visitantes en nuestros museos durante el pasado 2023. Para cualquier amante del arte esos datos operan una reconciliación inmediata con su ciudad en particular y, aún más importante, con el concepto mismo de ciudad, pues esta, como destacara el historiador y alcalde de Roma Giulio Carlo Argan , ha de considerarse como obra de arte, a lo que en nuestros días podemos añadir la concepción de la propia ciudad como museo, que trasciende e integra el concepto de museo como contenedor de las más grandes creaciones del ser humano en la historia. Contemplen, en este sentido, uno de los mayores éxitos culturales de la ciudad de Madrid, el Paisaje de la Luz. En efecto, nuestros museos han ido evolucionando con extraordinaria rapidez en este primer cuarto de siglo. Han introducido importantes cambios en sus estructuras , han redefinido sus contenidos y, sobre todo, han renovado de manera drástica la forma de relacionarse con el público, abriéndose a la ciudadanía e integrándola en el quehacer museístico, en la conformación de sus exposiciones, en la conversión de aquellos contenedores en territorio de encuentro, de entretenimiento, de aprendizaje, de inmersión en la historia de los pueblos, lo que ha resultado en la consolidación de estas instituciones como protagonistas indiscutibles de la dinamización de la vida cultural, social y económica de la ciudad. Continente y contenido se convierten en espacios que son ya referente de funciones urbanas tan a menudo olvidadas como la didáctica o la científica, abrazándolas y extendiéndolas a públicos que no habían sido hasta ahora considerados como objetivo de su actividad. No debemos aquí olvidar la esencial labor desarrollada por entidades distintas al museo tradicional, públicas y privadas, reunidas muchas veces en la tan deseada y productiva colaboración público-privada, que empeñan parte de sus recursos en acciones culturales centradas en la promoción, protección y difusión del patrimonio histórico artístico de nuestras ciudades, aportando talento e innovación en tales labores y, claro es, en la concepción de lo urbano como un territorio en que arte y cultura inciden en aquella concepción de la ciudad como locus genii y locus artis, en definitiva, como obra de arte. Así, esta intervención decidida de medianas empresas o grandes corporaciones en la actividad artística y cultural de la ciudad, incide en tal categorización, incrementando el desarrollo social, cultural, educativo, ambiental y, por supuesto, económico de la ciudad. La ciudad les devuelve beneficios económicos y fiscales, una mayor comprensión del ciudadano respecto de sus actividades y, en tal esfera, una sustancial mejora de su imagen de marca y de su reputación corporativa. Noticia Relacionada estandar No Urtasun anuncia que descolonizará los museos nacionales Jaime G. Mora El ministro de Cultura avanza una «revisión» de sus colecciones para superar el «marco colonial» Esta actuación combinada de instituciones museísticas con la labor de otras entidades públicas y privadas opera la evolución de la concepción tradicional del museo, asociado en exclusiva a un contenedor o edificio, discurriendo hacia otros espacios arquitectónicos, industriales, naturales, sin olvidar las profundas renovaciones urbanas que la modificación, actualización o rehabilitación de nuestros principales museos viene realizando en los centros históricos de las ciudades que los albergan. En nuestra cultura el museo ocupa un lugar privilegiado simbólicamente, pero también físicamente, en la ciudad. Y no solo lo ocupa, también lo crea, lo define, lo modifica y le otorga nuevos significados. En este sentido es reveladora la nueva definición que introdujo el Consejo Internacional de Museos -ICOM por sus siglas en inglés- de su propia actividad, al destacar que es una organización internacional de museos y profesionales, dirigida a la conservación, mantenimiento y comunicación del patrimonio cultural del mundo, presente y futuro, tangible e intangible. La conservación y difusión del arte y del conocimiento, trasciende así, como señalaba, las puertas del museo, integrando naturaleza, paisaje, cultura, arquitectura, arte urbano, escultura, pintura. La ciudad se transforma en continente, la ciudad como museo. «La ciudad ha sido desde siempre uno de los escenarios más destacados del arte» El concepto tradicional de museo se aproxima, así, a la definición que el museólogo francés Georges Henri Rivière diera al nuevo concepto de museo, como instrumento que un poder público y una población conciben, fabrican y explotan conjuntamente. Un espejo en el que la población se mira y se reconoce, en el que busca explicación al territorio al que pertenece y a las poblaciones y pobladores que la han precedido. El museo procura una nueva interpretación del espacio, convierte a la ciudad en escuela y en laboratorio de estudio, histórico y contemporáneo, convierte al territorio urbano y a sus edificaciones y estructuras en su continente y en su contenido, l as fronteras se licúan, arte y ciudad, espacio y cultura, patrimonio. El museo se expande y se instala en las calles, en los espacios públicos, en los hogares, incluso deja de soportarse en un espacio físico, la tecnología crea los museos virtuales, desde los que cada ciudadano podrá después diseñar, conformar y recorrer sus propias galerías. Esa nueva relación entre ciudad y museo, entre ciudadano y cultura, no resulta de una construcción intelectual o filosófica más o menos extravagante. La ciudad ha sido desde siempre uno de los escenarios más destacados del arte. Sus espacios se presentan como un conjunto creciente y complejo de signos, de artefactos más o menos efímeros, de historia, de cultura. La observación de esos signos y su interpretación nos habla de la ciudad. Una sencilla contemplación de una playa de aparcamientos nos traduce los intereses, la estética, la cultura y hasta las intenciones de los ciudadanos que la habitan. Pero no es necesario recurrir a ejemplos o razonamientos que pudieran, aunque no lo sean, considerarse absurdos. Baste otro ejemplo. Madrid ha sido y seguirá siendo una capital escenario, ciudad y museo. Piensen en el 2 de mayo de 1808. Aquella trágica ocasión que convirtiera al pueblo de Madrid en héroe, consolidó su capitalidad, impregnó a la ciudad y a sus habitantes con el sello de lo eterno, los convirtió en justo recipiente donde se concentra el carácter y el genio, la virtualidad como dignos representantes de la fuerza y del ser español. Escenario transformado por Goya en obra cumbre de la historia del arte español y universal. Ya he expuesto como nuestros museos de hoy cumplen, además de las tradicionalmente atribuidas a estas instituciones, funciones urbanas esenciales. Un paseo por cualquiera de las grandes ciudades del mundo hoy es suficiente para advertir como sus museos han supuesto una relevante contribución a la reconstrucción, rehabilitación y proyección internacional de la urbe, realzando su imagen y cerrando, en no pocos casos, las heridas abiertas por algunos desmanes urbanísticos. Uno de los museos cuya visita más recomiendo al viajero con inquietudes por la ciudad y lo urbano es, precisamente, el Museo de la Ciudad, cuyo titular es el Excmo. Ayuntamiento de Madrid y que abrió sus puertas en aquel prolífico y ya muy lejano año de 1992. Se constituye este museo en esencial instrumento para el conocimiento y mayor comprensión de la ciudad de Madrid, donde sus documentos, fotografías, planos, reproducciones artísticas, espacios interactivos y, sobre todo, sus maquetas enseñan al visitante la evolución histórica de la Villa y Corte . Son, desde luego, esas maquetas la herramienta más didáctica para descubrir, conocer e interpretar, cada uno en la medida que su propia experiencia le aporte, la ciudad. Vayan y descubran uno de los cimientos en los que fundamento el alegato que traigo hoy a esta Ciudad Abierta respecto a la consideración de la ciudad, en general, y de Madrid, muy en particular, como museo omnicomprensivo y global. Así las cosas y tanto en defensa de lo expuesto, como para evitar perniciosas generalizaciones o abstracciones del contenido de esta tribuna, conviene ahora traer al discurso algunas de las enseñanzas que nos legara Chueca Goitia en defensa del patrimonio urbanístico español. El acelerado proceso de transformación urbana que las ciudades europeas experimentaron durante las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, durante el conocido como desarrollismo en España, derivó en el afeamiento, cuando no en la destrucción de importantes conjuntos monumentales. Ello dio lugar a uno de los ensayos de Chueca más destacados y, desgraciadamente, escasamente difundido, en su incansable tarea como defensor del patrimonio, La destrucción del patrimonio urbanístico español, del año 1977. En él, Chueca atacaba la ruptura introducida por el funcionalismo, entendiendo que el movimiento moderno había supuesto una dramática escisión con la continuidad histórica y suponía una amenaza a su existencia. Chueca concebía la ciudad histórica como una obra de arte integral en la que se reconocía el ser humano, producto de la acción conjunta del hombre y la naturaleza, compartiendo esta idea con el citado Giulio Carlo Argan , al que conoció personalmente y al que presentó en una de las conferencias pronunciadas en España por el historiador italiano, en este caso en el Museo Español de Arte Contemporáneo. No atacaba o deploraba Chueca a la arquitectura moderna, solo pedía mesura y armonía a la hora de introducirla en los centros históricos, de forma que siempre se mantuviera la esencia y el espíritu de la historia del lugar en que se actuaba. Chueca sí atacaba y deploraba la falta de formación humanística en la enseñanza. Entendía entonces que la Escuela de Arquitectura estaba integrada desde hacía años en el grupo de las Escuelas Técnicas y esto, pensaba, imprime carácter. La enseñanza de Historia era a su juicio muy escasa, y los maestros que la cultivaban, pocos. Los estudiantes la consideraban una asignatura residual, recuerdo de otros tiempos. Esta falta de formación hacía que los arquitectos contemporáneos fuesen incapaces de comprender, analizar e intervenir en la arquitectura y las ciudades de nuestro pasado y que, víctimas de un deslumbramiento por lo moderno, no fueran sensibles al contexto local. El maestro, hoy, continuaría con su lamento, viendo la deriva de la enseñanza en España. Cito ahora una viñeta del gran Mingote recogida en este diario, el 8 de agosto de 2010, ironizando como solo él sabía hacer respecto a la construcción de la Torre de Valencia en Madrid, claro ejemplo de ruptura con la ciudad histórica y que suscitó una viva y controvertida polémica. En la viñeta dos personajes, situados delante de la Puerta de Alcalá y con la discutida edificación justo detrás del monumento afirman: ¡Claro que destroza la perspectiva! ¡Hay que quitar esa puerta! Chueca proclamaba la idea de la rehabilitación a través de la introducción de nuevos usos, fundamentalmente culturales e históricos, veinte años antes de que se convirtiera en práctica habitual en Madrid y en España. Esta visión debe permanecer. Puede actualizarse y adaptarse, pero ha de recoger aquella esencia y el respeto por la ciudad histórica. Podremos adaptar e introducir otros usos que no sean, necesariamente, culturales, siempre que se plieguen al tipo de edificación y no al contrario, y evitando, así, el fachadismo que también hizo de las suyas en nuestras calles. Con todo, la ciudad, sus habitantes, sus representantes, las administraciones, las instituciones públicas y privadas, todos hemos de seguir estudiando y amando a nuestra ciudad . No deben evitarse a todo trance la heterotopía ni la novedad. Todo es susceptible de ser analizado y estudiado para que la ciudad siga siendo un museo vivo, actual e integrador. Tampoco conviene caer en la protesta permanente o en el pesimismo. El propio genio de Fuendetodos al que citaba más arriba supo verlo en las postrimerías de una vida plena de emoción, ansiedad e ilusión en los comienzos y de amargura y perturbación al final de sus días. Ya exiliado en Burdeos dibujó con lápiz litográfico sobre papel verjurado su obra Aún aprendo, en la que se autorretrata caminando con dos bastones, expresando su férrea voluntad de seguir aprendiendo y perfeccionando su desarrollo personal y profesional. En ello hemos de estar y continuar, en el estudio, en aprender, para legar a quienes nos sucedan una ciudad cada vez más ciudad, cada vez más completa y humana.