Pensar ciudad en la transformación de uso comercial a residencial

Se habla mucho en estos días de los cambios de uso comercial a residencial, transformando locales comerciales en desuso en vivienda, viéndose por muchos como una forma de atender a la creciente demanda de vivienda en las ciudades por un precio, en muchos casos, aunque no en todos, inferior a lo que supone l a inversión o adquisición de vivienda llamémosla tradicional. Se considera que estos cambios pueden contribuir a la recuperación de espacios urbanos muy deteriorados, lo cual incide en la conservación de las edificaciones y de la propia ciudad. Frente a esta postura, la de aquellos que consideran que no deberían autorizarse esos cambios, pues afectan de manera directa al tejido productivo de la ciudad vivida, convirtiendo el barrio que antaño se encontraba lleno de vida gracias al comercio de proximidad en ciudad dormitorio o, en el peor de los casos, en concentraciones de turistas que entran y salen sin aportar mucho más a esa ciudad vivida, cuando no rompiendo armonía, silencio y estilo de vida en zonas residenciales clásicas. No es, desde luego, un asunto en el que no quepa el debate, si bien, como en casi todo, los extremos pueden hacer perder la perspectiva de cómo ha de enfocarse el problema desde el hecho urbano, considerado de forma global y abarcando visiones integradoras en las que se planteen de manera analítica los impactos reales de estas transformaciones de uso en las funciones urbanas, en las infraestructuras de la ciudad, en el modo de vida y en el tejido sociodemográfico del espacio concreto en que se actúa. Y con toda seguridad este debate ha de afrontarse en profundidad, huyendo del cortoplacismo desgraciada y exasperantemente imperante, si consideramos las rápidas e intensas transformaciones que las grandes ciudades están experimentando, basadas en los paradigmas emergentes de la globalización, la gobernanza o la metropolización , donde modelos bidireccionales de colaboración público-privada generados desde la confianza mutua, un marco regulador estable, la transparencia y la información han de constituirse en pilares para la proposición de soluciones y de nuevos modelos urbanos. Noticia Relacionada estandar Si La fiebre de las viviendas turísticas arrastra al comercio: 3.000 locales reconvertidos en 10 años Sara Medialdea Desde 2015, 2.913 locales se han reconvertido en viviendas, la mayoría utilizadas como hospedaje turístico Es importante visualizar la realidad de nuestras ciudades hoy, en las que el fenómeno de la dispersión urbana en desarrollos de baja densidad, los grandes centros comerciales en espacios interurbanos sin uso residencial, la expulsión hacia la periferia de las actividades de menor valor añadido y la concentración de funciones directivas en el centro, conducen a la fragmentación del territorio, generando discontinuidades en la malla urbana, cuando no creando islas en las que la movilidad resulta dependiente en su grado máximo del vehículo privado , derivando en procesos de exclusión social por la expulsión de las rentas bajas de los centros urbanos. Ello incide en la proliferación de lugares carentes de identidad que generan un continuo despilfarro de recursos y, en consecuencia, la ausencia de sostenibilidad ambiental, económica y social. No constituye todo lo anterior una crítica, sino la constatación de una realidad que encaja en cualquiera de las grandes, incluso medianas, ciudades españolas y europeas. Lo indicado hasta aquí apunta algunos de los problemas que puede suponer la introducción de los cambios de uso si se realiza de manera indiscriminada o desde planteamientos absolutos o deterministas. Así las cosas, debe abordarse el asunto de estas modificaciones no perdiendo nunca de vista todas estas variables y todas cuantas circunstancias puedan contribuir a la mejora continua, orgánica, funcional y estructural de la ciudad. Perder el enfoque global solo conducirá a ensalzar o a demonizar la materia sobre la que hoy tratamos. A ello cabría añadir una de las circunstancias sobre las que arquitectos y expertos nos vienen avisando y es que la transformación de local comercial en vivienda está dejando de ser tan asequible como lo fue en los inicios de esta tendencia y ello podría llevar a determinadas zonas de las ciudades a procesos de gentrificación difícilmente reversibles. Mirar hacia atrás Como ocurre siempre que se habla de ciudad, conviene mirar hacia atrás con cierta frecuencia y dejar que la historia urbana nos ilustre, como herramienta para reconducir o reelaborar aquellos procesos que, aunque pareciéndolo, no son en realidad novedad en la evolución de la ciudad o, aun siéndolo, constituyen el desenvolvimiento natural y hasta lógico de los procesos urbanos. L a vivienda plurifamiliar solo empezó a considerarse como generadora de ciudad a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Entonces, los arquitectos, presionados por la necesidad de proporcionar vivienda lo más rápido y eficazmente posible, comenzaron a crear grandes proyectos de vivienda colectiva en todo el mundo. En la actualidad los mismos arquitectos, movidos por el mismo impulso y la misma vocación de servicio, someten a revisión aquellas propuestas, inventando nuevas tipologías que se adecúen a las necesidades de los ciudadanos contemporáneos. Sucede que aquellas circunstancias socioeconómicas que empujaron a la imaginación de soluciones plurifamiliares han ido evolucionando al tiempo que los sistemas políticos, las necesidades urbanas o, claro, las fórmulas de financiación. Ya no se identifica la edificación en bloque con aquellas viviendas para pobres que proliferaron durante la industrialización de nuestras sociedades. Hoy aquellos arquitectos pelean a brazo partido con una concepción, afortunadamente en retroceso, según la cual su aportación supone un coste añadido que hay que reducir al máximo. Su intervención en la generación de ciudad, hoy, es más importante y esencial de lo que nunca lo ha sido. En tal contexto ha de situarse la proliferación hoy de locales reconvertidos en vivienda. La evolución de la ciudad, de su planificación y de los resultados de una determinada ordenación, llevan a la imaginación de soluciones que, por un lado, favorecen la reutilización de espacios, contribuyendo de manera directa en el mantenimiento de la estructura urbana, por otro. Sin embargo, nuestras ciudades son mediterráneas, vividas, paseadas, hasta exprimidas por sus ciudadanos. Conciliar todo ello no solo no es imposible, sino necesario y, a la vista de algunas situaciones concretas, urgente. E stablecer puntos de partida, análisis profundos y omnicomprensivos, conocer la historia y la idiosincrasia de la ciudad, de sus espacios, de sus barrios, de sus habitantes, resultará en soluciones urbanas meditadas, consensuadas y, sobre todo, plausibles para la mejora real del tejido urbano. La planificación urbana no es sencilla. Los factores a considerar cambian o se multiplican, en períodos de tiempo cada vez más breves, de manera exponencial. Las necesidades de la ciudad y de sus habitantes, también. Las zonas comerciales crecen, se desplazan, cambian de ubicación, al mismo ritmo que la ciudad y sus habitantes lo hacen. Tenemos muy cercano el ejemplo de la pandemia, aunque aquellos radicales cambios que se anunciaron o bien se han exagerado o se han quedado cortos en su definición primera. Aquella planificación debe ser capaz de adaptarse y es ahí donde topamos con la evidente insuficiencia y determinismo de un sistema urbanístico cuyas exequias vienen proclamándose con insistencia, aunque no terminamos de convertirlas en el bautismo y entronización de un sistema más flexible y útil. Arquitectos, sociólogos, abogados, ingenieros, urbanistas, todos tenemos la imperiosa obligación, en tanto llegan tiempos mejores que nosotros hemos de traer, de contribuir a que los procesos de abandono, estigmatización, regeneración y mercantilización de las zonas residenciales con comercio de proximidad no sean tales. La regeneración urbana puede y debe contemplar la conservación de ese comercio cercano, incluyendo en el debate el modelo de ciudad mediterránea, abierta e integradora, que confiere identidad, personalidad e identificación del ciudadano con su patrimonio cultural. Programas de revitalización Mediante el establecimiento de programas de revitalización de aquellas zonas con pequeño comercio que estén en proceso de decaimiento pueden recuperarse esos espacios para la ciudad vivida. Proponer soluciones y programas de largo y profundo alcance en tal sentido a las administraciones tutelares es el primer paso para abordar el problema. Cuando ello no fuera posible, establecer procedimientos para que la transformación de usos se haga de forma ordenada y justificada constituirán el siguiente escalón en la búsqueda de la regeneración urbana. Ello incluye, lógico, transformar locales comerciales en vivienda, considerando siempre aquel tejido urbano y sociodemográfico, de modo que la compatibilización de usos residenciales, incluyendo aquí el uso turístico, incida en la mejor regeneración de la ciudad, sin interferir en la también proclamada sostenibilidad ambiental, económica y social. Todo es susceptible de considerarse y, en función de su análisis, implementarse. Pero, a mi juicio, debemos huir de la generalización de esos procesos, cuales fueren, so pena de destruir y deshumanizar nuestras ciudades y su carácter mediterráneo fundacional. No piense el lector que, con lo expuesto, esté hoy sojuzgando la defensa de la libertad de la propiedad o del propietario respecto al destino de sus bienes. Con ello llevaríamos el argumento a la demagogia o a la extrema simplificación. Defiendo a la propiedad como núcleo y factor constituyente de nuestra sociedad. Ahora bien, toda sociedad debe respetar y proteger su identidad y sus valores y en tal protección sitúo, precisamente, la necesidad de contemplar soluciones que consideren las circunstancias particulares conformadoras de cada ubicación, de cada barrio, de cada ciudad. Una adecuada combinación de todos estos factores resultará en la implementación de normativas flexibles e integradoras. La adopción de regulaciones que no sean capaces de establecer las necesarias distinciones, observando los caracteres urbanos conformadores de cada barrio o ubicación fracasarán, no sin antes ocasionar mayores problemas de los que se pretenden resolver. Si el gran librepensador José Ortega y Gasset nos contemplara hoy, sin duda encontraría abundante material para seguir ilustrando su España invertebrada. Cierro hoy esta Ciudad Abierta citando a uno de nuestros más destacados filósofos con toda la intención. Cuando afirmaba yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo, nos regalaba en una frase el fundamento sobre el que hemos de pensar nuestras ciudades y las soluciones para salvarlas, conservarlas y mejorarlas. No hemos de renunciar nunca a nuestro carácter e idiosincrasia para que nuestras ciudades sigan siendo nuestras. Con base en tal carácter las definía y nos recordaba que no necesita tener casas la ciudad, las fachadas bastan, porque su esencia es la de ser plaza, ágora, discusión, elocuencia. El tejido urbano que origina el pequeño comercio constituye uno de los fundamentos de la ciudad española. Todo es mejorable y, desde luego, en la mejora continua hemos de estar todos los que pensemos ciudad. No perdamos nunca nuestra circunstancia.

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Author: Pablo Perez