Empieza la Fórmula 1 y la realización de televisión se olvida del primero, líder invisible porque no hay competencia, ni emoción, ni lucha. Max Verstappen oculta las señas de identidad del deporte. Desde el principio su perfección aburre: gana en el estreno en Baréin, vuelve a pasearse, sin oposición, rellena el formulario del talento al volante. La ingeniería de los aeronáuticos que diseñan los coches decreta el orden, sin fallos de los pilotos o averías de los bólidos. Red Bull manda con Checo Pérez segundo y escudero del líder. Y Ferrari escolta a la escudería hegemónica con un magnífico Carlos Sainz, valioso tercer puesto del madrileño con más ritmo que su compañero Leclerc, al que adelantó dos veces. Mucho mérito sin duda, aunque su arrebato de rebeldía llega tarde, cuando ya se ha quedado sin asiento en Ferrari. La profecía de Fernando Alonso se cumplió. La simulación de carrera de Aston Martin, lo más parecido a la inteligencia artificial, indicaba que su posición debía ser la novena. Lo clavó la ingeniería . El asturiano no tuvo la velocidad que sí mostró el coche verde en la formación de la pole. Hay cuatro monoplazas más rápidos, Red Bull, Ferrari, Mercedes y McLaren. (En ampliación)