El pasado 18 de diciembre, cuando Joachim Rukwied colocó 3.000 tractores frente a la Puerta de Brandemburgo y gritó «esto es una declaración de guerra», dio una primera muestra de poderío. Ante la amenaza de desaparición de las ayudas al diésel agrícola , el presidente de la Asociación de Agricultores Alemanes (DBV) dio un puñetazo sobre la mesa y el sector respondió como un solo hombre. Semanas después, los tractores en Berlín eran ya 5.000 y la serie de protestas se sostuvo en el tiempo durante meses, a pesar de que varios ministerios federales y las más altas esferas de la política y la economía presionaban para mitigarlas. Con todos habló y a todos leyó la cartilla. El movimiento trascendió, de hecho, el sector primario para convertirse en una especie de voz del sentido común contra las ruinosas políticas energéticas y medioambientales de la ‘coalición semáforo’ de Olaf Scholz, un Gobierno al que el Constitucional acababa de tumbar los presupuestos generales de 2023 y 2024 y se hundía en el descrédito. Rukwied encarnó la resistencia contra la «política de burbuja de Berlín», que según él realizan quienes «nunca han trabajado y nunca han sudado». Desde fuera de la política, había surgido una fuerza de inciertas consecuencias en las urnas que se apoyaba únicamente en verdades de cajón, como que es necesario exigir a las patatas que vienen de terceros países los mismos requisitos de producción que se exigen a los agricultores europeos. Noticia Relacionada estandar No Los obreros europeos votan a la extrema derecha Juan Pedro Quiñonero Desde hace veinte años, entre el 30 y el 35 % de los obreros franceses votan sistemáticamente al partido de referencia de la extrema derecha francesa Con la llegada de la primavera y los objetivos parcialmente cumplidos, Rukwied dijo que había trabajo pendiente en las granjas y desconvocó las tractoradas hasta más aviso. Mandó a los agricultores de vuelta a la faena y de nuevo respondieron a una. Un gremio tradicionalmente enfrentado en facciones exhibe unidad bajo su mando. Este suabo de 62 años representa un total de 300.000 explotaciones, a las que pastorea como un padre de familia. «Somos una asociación que defiende las costumbres democráticas», regañó a la turba campesina que, en el puerto de Schlüttsiel, impidió bajar del ferry en el que volvía de vacaciones al ministro de Economía y Clima, el verde Robert Habeck, al que por otra parte seguía exigiendo que retirase sus planes de recortes «sin peros». No escucha cantos de sirena «Los ataques personales, los insultos, las amenazas, la coerción o la violencia no son aceptables», afirmó en un comunicado en el que pidió moderación, «a pesar de todo el descontento, por supuesto respetamos la privacidad de los políticos». Aunque en el pasado formó parte de la conservadora CDU, actualmente se declara apolítico y su negativa tajante a aliarse con la política –a pesar de las tentadoras propuestas– aporta para sus seguidrores un punto extra de credibilidad. Su firmeza en la continuidad de las protestas y sus llamadas a la moderación le confieren una especie de sentido de Estado que la ciudadanía aleman apercibe como muy positivo: el alemán de a pie lo identifica como uno de los suyos. Sus padres regentaban una granja familiar en Eberstadt, en el valle de Weinsberg, cerca de Heilbronn, de la que él se hizo cargo en 1994, 20 hectáreas que por arrendamiento amplió hasta 320. Es la octava generación al frente «y quieren enseñarme ahora que mantenga la fertilidad del suelo y fortalezca la biodiversidad». Sus tres hijos en el sector explican su visión a largo plazo. Estudió economía agrícola en Nürtingen y se centró en la administración de empresas, por lo que se encuentra en su salsa en los consejos de administración o supervisión de la industria de piensos, semillas y alimentos en los que se sienta. En la próxima asamblea, a finales de junio, espera ser reelegido para el cargo.