Todas las historias de amor tienen un final, incluso las más intensas, pero las rupturas, con el tiempo, dejan a veces espacio para que surjan nuevas relaciones. El romance que vivieron Luciano Spalletti , el Nápoles y toda esta ciudad del sur de Italia será eternamente recordado entre los napolitanos, aunque acabara a finales de mayo del pasado año. Fue entonces cuando el entrenador hizo público que no continuaría al frente del equipo de la capital partenopea tras haber conseguido que volviera a festejar su primer título en la liga italiana de fútbol tras 33 años de sequía. La poca sintonía con el presidente del club, el magnate del cine Aurelio De Laurentiis, llevó a Spalletti a despedirse del Nápoles. También influyó, supuestamente, la voluntad de tomarse un año sabático. Decimos supuesta porque tres meses después se convirtió en seleccionador nacional de Italia , lo que provocó la ira de De Laurentiis, que pretendía que la federación le pagara un millón de euros como compensación por dejar marchar a Spalleti, que tenía un año más de contrato. Con aquella polémica ya olvidada, el sucesor de Roberto Mancini al frente de la selección italiana afronta la Eurocopa de Alemania con ganas de revancha: aunque Italia ganó la anterior edición, celebrada en 2021, no se clasificó para los últimos dos Mundiales, lo que supuso todo un trauma nacional. Considerado por los comentaristas como uno de los mejores entrenadores italianos contemporáneos, Spalletti ha desarrollado una carrera en los banquillos con un estilo situado en la antítesis del ‘catenaccio’ (juego hiperdefensivo) que tantas veces se critica del Calcio. A este florentino de 65 años le gustan los equipos que no renuncian a la posesión de la pelota y presionan muy arriba cuando el esférico está en las botas del rival. Habrá que ver, eso sí, si mantiene su credo al enfrentarse a una selección que amasa tanto el balón como la española. «Debemos mandar nosotros. Si no, acabamos mal. Italia tiene equipo, aunque le falta un jugador del máximo nivel que decida los partidos por sí solo», comentó el seleccionador de la ‘Azzurra’ este miércoles. El escenario ideal para él vendría con la repetición por parte de sus pupilos del guion que mostraron en su primer partido de la Eurocop a, el que disputaron contra Albania (2-1). En el encuentro evidenciaron sus puntos fuertes, propios de todos los equipos de Spalletti: presión insistente, buen movimiento de balón y capacidad para atacar con jugadores diversos y modos distintos. Aunque su selección ha disputado en estos diez meses sólo una docena de partidos, ya está impregnada de su estilo de juego, con el que consiguió que la temporada pasada el Nápoles no sólo ganara, sino que fuera uno de los equipos más vistosos de Europa. Se ganó así la admiración tanto de los aficionados como de sus colegas, que lo consideran un entrenador moderno y con gran capacidad para innovar. Nacido en una familia humilde, lo que le llevó a recurrir de forma habitual a hacer autoestop durante su juventud, Spalletti puso fin a su etapa como futbolista a los 33 años, cuando jugaba en el Empoli, para comenzar al año siguiente su carrera como entrenador en el mismo equipo, al que ascendió desde la serie C (tercera categoría) hasta la A. Pasó luego por los banquillos de Sampdoria, Venecia, Udinese, Ancona, Roma (dos períodos), Inter de Milán e incluso emigró al extranjero para ponerse al frente del Zenit de San Petersburgo . Estas experiencias le permitieron ir construyéndose un personaje que hace las delicias de muchos aficionados, ya que aúna el perfil de técnico moderno con el de hombre de campo experimentado, que mete en vereda a los caprichosos jóvenes jugadores de hoy. Spalletti ilustró de manera clara su postura en una entrevista en febrero con ‘La Gazzetta dello Sport’: «Vivimos en un mundo que incentiva poco el trabajo duro y sudarse las cosas. Los chicos prefieren hoy poner una foto en Instagram con la gorra puesta que bajar la cabeza y pedalear. Estos no son los valores que mi Italia debe transmitir. A la selección se viene con los ojos que ríen, el corazón que late y se está como una manada de lobos que van en fila india, para empujar al compañero de delante y que nadie se quede atrás».