No todos los días hay un Galibier que echarse a la boca en el Tour de Francia, pero si por algo destaca la ronda gala es por proporcionar multitud de estampas inolvidables, incluso en los momentos más insospechados. Ocurrió en Saint-Vulbas, escenario del final de una quinta etapa anodina hasta su desenlace. Allí emergió la figura de Mark Cavendish, siempre gigante y al acecho pese a que sus mejores tiempos ya pasaron. El británico, 39 años y un palmarés de varios folios, aprovechó un caótico esprint para pegar otro bocado al Tour. El trigésimo quinto. No es un triunfo más. Es el que le permite desempatas con Eddy Merckx en el ranking histórico de victorias de etapa de la Grande Boucle. Cavendish ha tardado tres años en desbancar para siempre al ‘Caníbal’. Tres años en los que se le ha resistido este último triunfo, a veces de forma cruel. Como el año pasado, cuando persiguiendo este mismo objetivo se destrozó la clavícula camino de Limoges. Entonces dijo que se retiraba, que no habría más oportunidades. Pero en el otoño del año pasado reculó. Se dio otra oportunidad, casi entre súplicas de Alexander Vinokurov, máximo responsable del Astana. «Caerme en el Tour de Francia no fue el final de mi carrera que esperaba», dijo para justificar su decisión. Ahora ha demostrado que no se equivocaba. Cavendish desplegó toda su sapiencia para doblegar a un numeroso elenco de velocistas hambrientos. Encontró un pequeño hueco a falta de 400 metros que resultó crucial y que le permitió afrontar la última curva solo por detrás de Ackermann. Después, se abrió de golpe a la izquierda y se pegó al muro, arrastrando a Philipsen y Kristoff. Por ese costado ya nadie lo iba a superar. Tampoco hubo piernas para ganarlo por el otro. Cavendish cruzó la meta con tiempo suficiente para levantar los brazos y adornar una imagen para la historia.