Ángel Montiel: La estirpe de los estadistas

Aquel día, cuando el sol de la democracia comenzaba a calentar las instituciones de una Venezuela que despertaba de la larga noche dictatorial, se divisaba en el horizonte una generación de hombres distintos. No eran simples políticos, ni productos del azar coyuntural, sino constructores de la república civil, forjados en la disciplina del estudio y una ética inquebrantable que hoy parece un eco lejano. 

Eran los hombres de la Democracia Cristiana, una estirpe que repudió el poder como botín de guerra para convertirlo en una herramienta de servicio civilizatorio y de construcción nacional. Su temple no nació en despachos burocráticos, sino en el compromiso temprano con el humanismo cristiano.

El germen vital de este movimiento nace en la Unión Nacional de Estudiantes (UNE) de 1936. Eran jóvenes que desafiaron la hegemonía de otras corrientes para plantear una alternativa basada en la Doctrina Social de la Iglesia. Allí blindaron su carácter, convencidos que la libertad sin justicia social es una quimera y que la política exige una base sólida.

De ese ímpetu nació el Copei de entonces, una organización de cuadros que rechazaba la masa uniforme para formar ciudadanos libres. 

Antes de la consolidación institucional, la voluntad de don Pedro del Corral y Rafael Caldera trazó un rumbo. Don Pedro con su inmensa autoridad moral, y Caldera con su lucidez académica, estructuraron un partido que funcionó como una escuela de democracia. Incluso bajo divergencias internas, la unidad del proyecto prevaleció anteponiendo la doctrina y los principios a cualquier interés personal. 

Ellos, junto a Acción Democrática y la conducción de Rómulo Betancourt, edificaron los cimientos de la Venezuela moderna. Bajo esa mística de Estado emergieron la agudeza de Luis Herrera Campíns y la solidez doctrinaria de Nectario Andrade Labarca en el Zulia. 

A esta constelación se sumaron figuras cuya entrega merece un reconocimiento eterno. 

Arístides Calvani, “el canciller de la paz”, proyectó a Venezuela como mediador incansable en los conflictos regionales en centroamérica. Su lucha por la justicia social internacional lo consagra como referente moral global. 

Rodolfo José Cárdenas,  estratega del pensamiento nacido en el Táchira, tradujo la doctrina en acción. 

Edecio La Riva Araujo, defendió los principios con una oratoria que marcó una época en el parlamento. 

Arístides Beaujón, sembró coherencia y vocación de servicio en cada rincón del quehacer político. 

Rafael Andrés “Pepi” Montes de Oca, nacido en Barquisimeto encarnó el diálogo y el pragmatismo como ministro de Relaciones Interiores durante el gobierno de Luis Herrera Campíns. 

Eran líderes que comprendían que la política sin valores es un ejercicio vacío de fuerza. Por ello, el Consejo Superior de la Democracia Cristiana adquiere hoy una importancia estratégica. Esta instancia no solo custodia la memoria histórica, sino que garantiza la vigencia del humanismo cristiano ante los desafíos de la modernidad. Vaya este reconocimiento a esta estirpe que dejó una huella profunda en el espíritu del país. 

@angelmontielp 

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Author: Pablo Perez