
Caía la noche del miércoles y los tres estaban en la cocina tras un día festivo en la playa. William Vera, un chef de 24 años, había viajado a la costa venezolana desde Caracas para pasar el día con su novia y su suegra en un apartamento frente al mar. Se conocían desde hacía poco, pero ya hacían planes de futuro. Ella estaba vendiendo el apartamento de la playa para mudarse a la capital, más cerca de él. Habían pasado la fiesta en el mar y habían vuelto a casa solo a por el perro, un cachorro enfermo al que William no quería dejar solo. Pensaban comer algo y volver a bajar. Eran las 18.03.
María Martín / elpais.com
El primer sacudón llegó apenas un minuto después. Abrió un boquete en el techo y, del piso de arriba, cayó una nevera entera sobre la suegra de William. El suelo se movía. Él y su novia corrieron hacia la puerta, a trompicones, pero una lavadora les cortó el paso. Segundos más tarde —los 39 que separaron el temblor de 7,2 del de 7,5— la pared se les vino encima y quedaron atrapados bajo el edificio. La historia la reconstruye Jhon Da Silva, 34 años, su mejor amigo, el hombre que un día después lo sacaría de los escombros.
Venezuela no recordaba nada parecido en más de un siglo. Fue un doblete sísmico: dos terremotos casi consecutivos con epicentro en el Estado de Yaracuy, en el norte del país. Ocurrieron en pleno feriado de la Batalla de Carabobo, con buena parte del comercio cerrado y las playas de la costa llenas de caraqueños que habían ido a celebrar el día de San Juan. El Estado de La Guaira —la antigua Vargas— fue el más castigado, con más de 100 edificios hechos añicos y un número aún indeterminado de víctimas. El aeropuerto internacional de Maiquetía, la principal puerta de entrada al país, cerró por daños estructurales. Las pistas, el techo, el edificio… casi todo colapsó.

Chelo Camacho
El balance oficial comenzó la noche del miércoles con 32 muertos y no ha dejado de subir: 164, 235, 589, 920. Este sábado se elevó hasta los 1.430. Se espera que esas cifras sigan disparándose a lo largo de estos días porque las autoridades ni siquiera han empezado a desescombrar. Bajo los cimientos puede haber cientos de muertos más. También vivos. El viernes por la noche, más de 48 horas después del derrumbe, los rescatistas lograban sacar vivos de un edificio de Caracas a un hombre y a su perro.
La carretera de la playa, en La Guaira, era ese día una sucesión de desastres. Sobre todo al llegar a Caraballeda, la zona cero, acordonada por el ejército y los rescatistas internacionales, donde la mayoría de los edificios están con las tripas fuera. Torres de más de 10 pisos aplastadas como un milhojas de hierro y cemento. Urbanizaciones de playa de las que solo queda en pie la puerta de entrada. Detrás, todo es ruina. El olor a muerto se expande y los vecinos se arremolinan en la acera con los colchones y neveras que han logrado rescatar. Subido sobre la montaña de escombros en que se ha convertido uno de los edificios, un rescatista pide silencio. Se pone el dedo en los labios mirando a la muchedumbre que le observa desde abajo. “¡Creo que hay alguien!”, se escucha con dificultad desde la acera. El rescatista no da con el lugar exacto y al cabo de un rato decide bajar. Necesita refuerzos, perros, más recursos para poder salvar más vidas.
William y su novia pasaron juntos toda la noche del miércoles bajo los escombros. Ella, en algún momento de la madrugada, dijo que no aguantaba más y se quedó quieta. Él perdió el conocimiento hasta que a la mañana siguiente le despertaron unas voces que lo buscaban. Entre ellas la de Jhon, que removía cascotes desesperado. William gritó de vuelta.
“No había autoridades”, relata Da Silva. “Así que fuimos los propios amigos los que lo sacamos de allí. Usamos una puerta como camilla, lo amarramos, lo montamos en un carro y nos lo llevamos al hospital”, recuerda. Esa escena —vecinos cavando con las manos, sin cascos ni mascarillas, improvisando camillas con puertas y tablas— fue la de todo el litoral en las primeras horas. Y la de los dos barrios de Caracas más castigados, donde se derrumbaron varias torres.
Tres días después del doble sismo, Caracas respira una normalidad rara. La capital tiene muchos edificios afectados, pero el daño se concentra en unos pocos barrios. La Guaira, en cambio, es una zona de desastre, como la calificó la propia presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez. Entre las víctimas hay más de cien venezolanos deportados de Estados Unidos que habían aterrizado esa mañana y a los que alojaron en un hotel que se desmoronó. Perdieron la vida el mismo día que les obligaban a volver al país del que huyeron.
“Éramos 135 repatriados y quedamos 12 y todos los demás quedaron muertos”, contó uno de los supervivientes en un video que ha circulado en redes sociales. El polideportivo de la ciudad acoge a cientos de personas —y a sus mascotas— que duermen en el suelo bajo carpas militares. Hay decenas de niños. La ropa donada forma montañas en el campo de fútbol, que empieza a mojarse con la garúa, mientras los particulares llegan en camionetas a repartir comida. No se ve a nadie coordinando.
El mismo viernes en que el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, pedía a la población que no bajara a La Guaira para no entorpecer los rescates —un llamado al que se sumó su hermana Delcy—, la única carretera que une Caracas con la costa se llenó de miles de motos, coches y camiones. Se movilizaron retroexcavadoras, agua, víveres, plantas eléctricas, zapatos, colchones, medicinas, uniformados, rescatistas, embajadores… Como en muchas catástrofes, la ayuda de la gente llegó antes que la del Estado. Pero no había quien la encauzara, y la solidaridad acabó taponando los accesos. Los uniformados dirigían el tráfico de forma confusa. A ratos lo entorpecían ellos mismos. En medio del caos, las ambulancias no podían pasar.
Hay puntos de acopio, pero nadie obligaba a dejar allí lo que se llevaba, así que la mayoría decidió bajar su ayuda hasta la costa por su cuenta. El mismo aparato chavista capaz de rastrear hasta el último mensaje de WhatsApp contra Nicolás Maduro —antes de que los estadounidenses lo capturaran el pasado 3 de enero— no había sido capaz de garantizar una vía rápida para las urgencias dentro de la emergencia. Cuando el caos ya estaba desatado, el ministro del Interior, Diosdado Cabello, anunció el cierre del acceso: La Guaira, declarada zona militarizada, solo se abriría a partir de entonces a personal autorizado. Este sábado por la mañana la entrada a esa carretera estaba absurdamente colapsada de nuevo. Forenses, policías, médicos, ambulancias, maquinaria pesada… Todos bloqueados.
Jhon y los suyos peleaban por mover a William. En el hospital lo habían atendido en el suelo —no había camillas— y luego sobre una mesa para operarle de urgencia el brazo. La pared caída se lo había triturado y no le circulaba la sangre. Tenía además un golpe en la cabeza y un fuerte traumatismo en el abdomen. “El hospital no tenía los medios para atenderlo; había que llevarlo a otro sitio”, cuenta su amigo. Acabaron pagando unos 500 dólares por una ambulancia que algún día fue pública, pero que había acabado en manos de alguien que la alquila al mejor postor. Cuando llegaron a una clínica privada —y a pesar del llamado del Gobierno para que colaborasen en la emergencia— les dijeron que no les atenderían si no pagaban. En la clínica le advirtieron que había que amputarle el brazo. De ahí lo llevaron a un hospital militar.
“No estaban preparados para esto. Mi amigo se desangraba, mientras me contaba todo desde la camilla”, recuerda Jhon. William, con la cara hinchada, le describió a su amigo la escena de la cocina, lo del perrito, que sentía culpa porque si se hubieran quedado en la playa no habría pasado nada, pero él había sido “el necio” que quiso volver por el animal. Desde la camilla mandó notas de voz a su hermana embarazada de siete meses y a su madre. En la primera, con la voz entera, le pide que se quede quieta, que se cuide, que no se preocupe por él. Que tenía el “cuerpo roto”, pero que era un vikingo y que iba a sobrevivir. En la segunda, le decía a su mamá que quería volver a verla. “Ya estoy en el hospital y me van a consentir”, se escucha.
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