Crónica de una velada en Macao: la UFC apuesta por China

Las luces del auditorio se apagan, solo el octágono queda iluminado. En su interior, la lucha no es metáfora . Un hombre semidesnudo contra otro, ante millones de miradas, golpea o es golpeado. Gloria o humillación, no hay más, pues una supone el precio de la otra. Comienza el combate. Respira hondo, con todo el cuerpo, el cabeza de cartel. Song Yadong, peleador chino, defiende ante el excampeón brasileño Deiveson Figueiredo su integridad física, su ‘modus vivendi’ y hasta el honor patrio. La UFC, la competición que ha universalizado las artes marciales mixtas (MMA) despliega su espectáculo en Macao antes de hacerlo en la Casa Blanca, el multitudinario evento que confirmará su ascensión desde los márgenes de lo admisible hasta el centro del deporte mundial. Pero, como todo fenómeno global, no sería tal cosa sin China. «Es uno de los mercados más importantes para nosotros», concede Kevin Chang, vicepresidente de la UFC y jefe de operaciones en Asia, una relevancia que mide persona a persona. «Me gusta utilizar la presencia en redes sociales como imagen instantánea del interés general», explica. «Ya rondamos los 18 millones de seguidores entre las principales plataformas, solo por detrás de la NBA. Eso supone un enorme avance respecto a nuestros inicios». Cifras colosales aún a falta de un elemento esencial, «el más importante»: una estrella. En las artes marciales, artes al fin y al cabo, nada sustituye al protagonista. Véase Ilia Topuria, invicto doble campeón del mundo, que por sí solo ha disparado la popularidad de las MMA en España. Chang lo llama «el efecto Yao Ming», en referencia al famoso baloncestista. China cuenta con Zhang Weili, una de las mejores peleadoras de la historia, pero nunca ha tenido un campeón masculino. Song, que reafirma su condición de aspirante contra el rostro de su rival, es el mejor posicionado, pero su récord contiene derrotas contra los mejores del peso gallo, como Cory Sandhagen, Petr Yan o Sean O’Malley. «Los dos últimos fueron combates muy igualados que podrían haberse decantado para cualquier lado. Además, una de las virtudes de la UFC es que, a diferencia del boxeo, evalúa una obra en su conjunto, incluso en la derrota un luchador puede salir reforzado», apunta el ejecutivo. «Song tiene 28 años, un estilo emocionante y es un gran tipo, por supuesto que puede alcanzar ese nivel». La compañía, en cualquier caso, no deja de buscar. A tal fin inauguró en 2019 el Performance Institute de Shanghái, un centro de 8.500 metros cuadrados para formar a jóvenes talentos. «Más allá de ampliar la base de aficionados o maximizar el valor para los accionistas, lo que hacemos es narrar historias. Ese es, en realidad, nuestro negocio principal», sentencia Chang. «La academia nos permite incorporar pronto a los atletas, acompañarlos e impulsar ese relato de principio a fin». Dichas historias se oyen aquí desde hace siglos, pues las artes marciales forman parte del sustrato cultural chino. Desde la espiritualidad –ahí siguen, en pie y facturando, los monasterios Shaolin– hasta la literatura, en títulos clásicos como ‘Viaje al oeste’ o contemporáneos como ‘La leyenda de los Héroes Cóndor’ de Jin Yong, una saga cuya trascendencia en Asia Oriental resulta comparable a la de ‘El señor de los anillos’ en Occidente. De hecho, el rostro más repetido en las camisetas de la masa de visitantes que recorre el casino Galaxy Macao, escenario del evento, no corresponde a un deportista en activo, sino a Bruce Lee. «El propio Dana White [máximo responsable de la UFC] y muchos otros le consideran el padre de las MMA. En ‘Operación Dragón’, por ejemplo, ejecutó una de las primeras sumisiones vistas en pantalla, una especie de llave de brazo con estrangulamiento», destaca el vicepresidente. Lee aplicó una mentalidad científica a las artes marciales en busca de una teoría unificadora, aspiración que la UFC llevaría a la práctica desde sus comienzos en 1993. ¿El resultado? Las MMA, un deporte de deportes con altísima complejidad técnica, como si en el campo hubiera una portería, una canasta y una red y todo valiera para marcar, con la salvedad de que cada punto conlleva dolor. Duelen, pues, los golpes que propina Song. Pero solo uno siente, los demás oyen. Cada impacto, cada respiración y, por encima de todo, cada grito de un público parcial que anima a su elegido hasta convertir el lance en una experiencia grupal, participativa. De las facciones magulladas acaba por brotar sangre y, con ella, el símil de la tauromaquia, tan instintivo como favorecedor. No solo por la superior nobleza del animal en lidia, es decir, el ser humano, sino por representar un ejercicio artístico al que, este sí, la víctima viene libre y libre va. No hay barbarie entre dos individuos que luchan sin acritud de acuerdo a un código, sino todo lo contrario, civilización. Acaso los mamporros sirvan también para apaciguar otros conflictos, geopolíticos, entre dos superpotencias necesitadas de entendimiento. El deporte –reiterando el argumento civilizatorio– constituye un punto de encuentro natural, no en vano e l ping-pong ya desbloqueó el diálogo entre China y Estados Unidos allá por los setenta. Donald Trump desempeña un rol protagonista en la UFC , y acostumbra a realizar entradas triunfales antes de tomar asiento en primera fila junto a miembros de su gabinete. Su amistad personal con Dana White se remonta a principios de siglo, cuando el senador John McCain inició una campaña para prohibir las MMA –por considerarlas «peleas de gallos humanas»– y el hoy presidente fue uno de los pocos magnates que siguió albergando los eventos en sus casinos de Atlantic City. White llegó a presentar a Trump ante la Convención Nacional Republicana, un vínculo refrendado por la insólita cita que tendrá lugar este fin de semana en la Casa Blanca. «Nosotros no nos vemos en absoluto como una organización política. Tenemos casi 700 atletas y más de la mitad de ellos proceden de fuera de Estados Unidos. Somos una plataforma internacional para demostrar quiénes son los mejores entre los mejores», defiende Chang, que ríe ante la idea de Trump y Xi Jinping presenciando un combate codo con codo durante una cumbre bilateral. «Todo es posible», sentencia. Esta máxima resuena con naturalidad en Macao, un lugar edificado sobre la ilusión de tener un poco más. La antigua colonia portuguesa es el territorio con mayor densidad de población del mundo, 700.000 habitantes en apenas 33 kilómetros cuadrados dedicados casi por entero al juego. Los casinos brindan la mitad del PIB, tres cuartos de los ingresos fiscales y emplean a un cuarto de la población activa. «No hay una sensación negativa al respecto, han generado muchas oportunidades para la gente de aquí», comenta Vienna Sou, responsable de una agencia de comunicación, mientras sigue embelesada los movimientos de Song sobre el octágono. Macao triplica en sus ingresos anuales a Las Vegas, unos 31.000 millones de dólares frente a 10.000, pero la capital planetaria del juego no deja de representar un escenario regional masivo. Entre las mesas del Galaxy asoma un único rostro caucásico, el de un ruso –ataviado con la camiseta del peso pesado Serguéi Pavlóvich– que arroja sin pausa fajos de billetes a la ruleta francesa. La industria prosperó cual gigantesca lavadora para una China cuya economía crecía entre 2002 y 2011 por encima del 9% anual. Pero en 2012 llegó Xi con su campaña anticorrupción y, después, la progresiva desaceleración estructural, procesos que apresuraron una diversificación por ahora sin demasiado éxito. Todavía hoy, el 90% de los ingresos de los operadores de Macao proceden del juego , frente al 26% de Las Vegas. Ahí entra la UFC, que ha celebrado en el territorio cinco de sus nueve eventos en suelo chino, más que ninguna otra ciudad asiática. «Macao, como antes Las Vegas, se ha propuesto convertirse en un destino deportivo y de entretenimiento reconocido internacionalmente», incide Chang. «Por eso tiene sentido que contemos con un gran socio como Galaxy, que posee el principal complejo turístico integrado de la zona». Este recinto, construido previa inversión de 43.000 millones de dólares hongkoneses (4.745 millones de euros) abarca 110 hectáreas –superficie equivalente al parque del Retiro en Madrid– y contiene nueve hoteles para un total de 5.000 habitaciones, 120 restaurantes con múltiples estrellas Michelin, 200 tiendas de marcas de lujo, una piscina con oleaje y arena de playa, diez salas de cine y el Galaxy Arena. El auditorio registra un lleno total, y los más de 12.000 asistentes rugen cuando, hacia el final del segundo asalto, Song Yadong agarra con una llave conocida como ‘guillotina’ el cuello de Deiveson Figueiredo, quien palmea tres veces a modo de rendición. Se acabó. Song, exultante, ondea la bandera china ante la ovación del público. Uno pierde, muchos ganan.

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Author: Pablo Perez