"El amor vence siempre": Alex Candal habló sobre la fe, el dolor y la recuperación tras recibir un nuevo corazón

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Hubo un momento en el que Alex Candal entendió que ya no estaba peleando únicamente contra una enfermedad cardíaca. Después de meses encerrado en una habitación de hospital en Madrid, conectado a antibióticos, sometido a operaciones previas y rodeado de médicos que intentaban contener infecciones cada vez más agresivas, el periodista venezolano comenzó a asumir algo que hasta entonces se resistía a aceptar: su corazón ya no podía seguir funcionando.

La confirmación llegó pocos días después de cumplir 57 años. Había salido brevemente del hospital para intentar recuperar algo de normalidad y asistir a un partido de los Miami Dolphins en el estadio Santiago Bernabéu, pero el cuerpo terminó enviándole una señal definitiva. Apenas regresó, los médicos volvieron a hacerle estudios y le comunicaron que ya no existía otra alternativa posible. “Yo sabía que me lo iban a decir y me dijeron efectivamente: ‘Tienes que entrar en trasplante de corazón’. Pero claro, no es lo mismo que tú te lo imagines a que te lo digan. En ese momento fue bastante duro”.

Por: Luis Eduardo Martínez | lapatilla.com

Lo que parecía una crisis repentina venía construyéndose desde hacía años. Alex nació con una válvula bicúspide en lugar de una tricúspide, una condición congénita que lentamente fue deteriorando su corazón hasta obligarlo a pasar por múltiples cirugías antes de llegar al trasplante definitivo. Primero recibió una válvula biológica y después, tras sufrir una endocarditis, tuvo que someterse nuevamente a operaciones para colocar prótesis de titanio en la mitral y la aorta. Pero las infecciones volvieron y esta vez terminaron avanzando sobre zonas extremadamente delicadas del corazón.

“Las bacterias tienen una particularidad que son bastante inteligentes y suelen resguardarse en cualquier pieza protésica que no sea del cuerpo para poder evitar el riego sanguíneo y así mantenerse con vida. Nosotros vivimos constantemente con bacterias. A cualquier momento en que te bajan las defensas, ellas atacan y cuando el cuerpo no se puede defender porque ellas están colocadas en un lugar protésico, ahí es cuando vienen las complicaciones”, explicó durante la entrevista concedida a La Patilla.

Durante casi tres meses permaneció sometido a tratamientos antibióticos intravenosos mientras los médicos intentaban frenar el avance de la infección. Sin embargo, el deterioro continuó avanzando silenciosamente. Alex recordó perfectamente el momento en el que entendió que el tratamiento había dejado de funcionar. “Tan solo un día estuve sin el antibiótico después de estar casi tres meses continuos con tratamiento diario por vena, y ahí inmediatamente me empecé a sentir mal. En apenas dos días ya me habían comido parte importante del tejido”.

Fue entonces cuando ingresó oficialmente a la división de trasplantes del Hospital Puerta de Hierro Majadahonda, en Madrid, donde comenzó un proceso completamente distinto al que había vivido hasta ese momento. Ya no se trataba únicamente de cardiología ni de intentar reparar el daño existente. Ahora todo giraba alrededor de la posibilidad de reemplazar por completo el órgano. “Es un proceso nuevo, porque antes te trataba cardiología y después de entrar en lista de espera ya te trata otra división, que es la división de trasplantes”, relató.

Pero incluso ahí aparecieron nuevos obstáculos. Los médicos detectaron hipertensión pulmonar, una condición incompatible inicialmente con el trasplante y que obligó a retrasar todo el proceso mientras intentaban estabilizarlo. Los cirujanos tampoco estaban completamente convencidos de operarlo debido a las múltiples intervenciones previas que habían dejado cicatrices complejas alrededor del corazón.

“Los cirujanos no querían acceder porque ya tenía dos esternotomías anteriores de las dos válvulas anteriores. Como ya tenía dos anteriores, ellos tampoco estaban muy convencidos de ir a la operación porque tenían que trabajar muchísimo para poder llegar al órgano. Se van formando unas capas de cicatrices y de carne que las tienen que cortar y evitar que no salgan hemorragias. Todo eso fue muy complicado”, recordó.

La recuperación de la hipertensión pulmonar se convirtió prácticamente en otra batalla paralela. Alex tuvo que someterse a tratamientos extremos con tadalafilo y sildenafilo para intentar reducir la presión pulmonar y poder entrar finalmente al quirófano. Los medicamentos provocaban fuertes dolores físicos y efectos secundarios constantes que todavía rememora con mezcla de humor y agotamiento.

“Yo tomaba sildenafilo como para un caballo. Yo tomaba 60 mg diarios de sildenafilo. Una persona que quiere utilizarlo para la erección se trata con 10 mg para un acto sexual. Bueno, yo tomaba 60 mg diarios y los tomé durante cuatro meses”, contó entre risas. “Fue una experiencia extraña”.

Mientras todo eso ocurría, la fe comenzó a convertirse en uno de sus principales soportes emocionales. Todos los días recibía la visita de un sacerdote que llevaba la comunión a su habitación y pasaba largas horas conversando con él dentro del hospital. “Soy católico, creyente y practicante. Tenía el servicio de la sacristía de la capilla del hospital a diario en mi habitación. Un sacerdote venía todos los días a darme la comunión, nos quedábamos a veces horas hablando de aspectos de la vida. Eso te ayudaba mucho porque sientes que estás respaldado”.

A eso se sumaba el vínculo que terminó construyendo con médicos, enfermeras y fisioterapeutas durante más de seis meses de hospitalización. Alex describió especialmente a las enfermeras como figuras silenciosas que transmitían seguridad únicamente a través de la experiencia acumulada durante décadas trabajando con pacientes trasplantados.

“Las enfermeras te dan un trato excepcional de cariño, de amor. Son personajes muy curiosos porque las enfermeras no hablan mucho, van calladas, pero han vivido más incluso que los propios médicos. Hay enfermeras que tienen arriba de 500 trasplantes. Entonces ellas van viendo cómo tu camino está siguiendo y te dan mucho ánimo”, dijo.

Con el paso de los meses, el hospital dejó de sentirse como un lugar extraño y comenzó a convertirse en una especie de rutina emocional. El miedo dejó de estar dentro de la habitación y apareció realmente cuando finalmente salió de allí. “Cuando llegué a la casa sí sentí miedo de verdad. Porque cuando estás en el hospital estás implicado, y como llevaba seis meses, tenía ya como un síndrome de Estocolmo con el hospital”.

Por primera vez entendió completamente lo que significaba vivir con el corazón de otra persona dentro de su cuerpo. “El corazón tiene la particularidad, a diferencia de otros órganos, de que tú lo sientes. Tú pones la mano en el pecho izquierdo y lo sientes. Comienzas a correr y se acelera. Está relacionado con el amor, con las emociones, con la fe, con Dios. Todo eso hace que uno tenga más miedo”.

La operación también dejó secuelas físicas importantes. Durante las primeras semanas posteriores al trasplante, Alex sufrió fuertes alucinaciones provocadas por la cantidad de medicamentos y drogas utilizadas durante el postoperatorio.

“Yo cerraba los ojos para dormir y veía cosas extrañas, muy extrañas. Entonces no quería cerrar los ojos y estuve dos o tres días sin dormir. Son cosas duras que vives en ese proceso que no es fácil”, relató. Después llegó otra etapa todavía más difícil: el síndrome de abstinencia provocado por la reducción progresiva de esos medicamentos. “Una enfermera me dijo: ‘Tienes que aguantar porque estás en un síndrome de abstinencia, estás igual que un drogadicto cuando le cortan el rollo’”.

A eso se sumó el desgaste físico extremo. Alex perdió masa muscular, sufrió dolores neuropáticos constantes en el brazo derecho y permaneció semanas enteras con sed permanente sin poder tomar agua normalmente. “Llegas a estar hasta tres semanas sin beber agua. La boca se te pone como un terrón de arena, como si tuvieras arena en la boca de la resequedad que tienes”, expresó.

Sin embargo, en medio de todo el agotamiento físico y emocional, hubo algo que comenzó a sorprender incluso a los propios médicos: la velocidad de su recuperación. Menos de tres meses después del trasplante, Alex ya había retomado parte de sus actividades laborales relacionadas con el Mundial y comenzaba nuevamente a correr y entrenar físicamente. “Hace dos meses estaba en la UCI y hoy estoy aquí. Fui trasplantado el 13 de marzo y voy a hacer ahora tres meses. Ya estoy trabajando como una persona normal. Para mí eso era impensable”.

Los médicos incluso comenzaron a entrar constantemente a realizarle ecocardiogramas simplemente para observar el funcionamiento del nuevo corazón. “Ellos venían con la máquina del eco y empezaban: ‘Mira aquí, mira aquí, ahora ponlo por aquí para verlo’. O sea, los tipos flipando con el corazón”, contó entre risas.

Toda esta experiencia también modificó profundamente su manera de entender la vida. Durante el proceso recibió apoyo psiquiátrico y psicológico constante para ayudarlo a manejar la ansiedad y la intensidad con la que normalmente enfrentaba los problemas. “Ellos insistían en que yo tenía que estar bien para el trasplante mentalmente y que tenía que cambiar algunas cosas en mi vida. Yo tomo muy a pecho las cosas y eso no sirve de nada”.

Después de pasar medio año aislado dentro del hospital, hubo una reflexión que terminó impactándolo profundamente cuando volvió a salir a la calle: descubrir que el mundo seguía exactamente igual mientras él luchaba por mantenerse vivo. “Lo primero que me sorprendió fue que el mundo no había cambiado absolutamente nada. Mi trabajo no había cambiado nada, mi vida no había cambiado nada. Entonces tú dices: ‘¿Te tomas tan en serio las cosas en la vida para qué?’”.

En medio de toda la conversación, Alex vuelve constantemente a la misma idea: el amor. El amor de su esposa, que permaneció junto a él durante todo el proceso; el de sus hijos, amigos y familiares; y también el amor de quienes trabajaron para mantenerlo con vida durante meses dentro del hospital.

“Mi mujer fue mi mayor apoyo, mi mayor empuje, mi ilusión y mi todo”, afirmó. Y al final de la entrevista resumió todo lo vivido con una frase que, según dijo, terminó acompañándolo durante los meses más difíciles: “Yo tengo una frase muy bonita de Juan Pablo II que dice: ‘El amor vence siempre’. Y yo creo que eso es lo que resume esta etapa. El amor vence siempre”.

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Author: Pablo Perez