Estados Unidos se come a Paraguay

Estados Unidos sabe divertirse jugando al fútbol. Tiene su selección un entusiasmo juvenil, como de niños que se lo pasan bien en el recreo, y no dejan de atacar aunque el marcador les sea favorable. Su rival, Paraguay, se metió en un laberinto en el minuto 6. A partir de ahí, el partido se convirtió para ellos en un áspero purgatorio del que no supieron cómo salir. En ese minuto, el seis, Bobadilla puso un pie en el área pequeña para tratar de despejar un confuso balón que vagaba por allí sin dueño. Lo desvió de la peor manera posible: tocándolo suavemente, lo justo para que burlara a Gill y acabara cruzando la línea de gol. Fue como si el peso del SoFi Stadium, de la Copa del Mundo y de los 70.000 espectadores cayese de pronto sobre los paraguayos. El combinado de las barras y estrellas ganó convicción y empezó a desarrollar ese fútbol desinhibido y efervescente del que ya dio muestras en el Mundial de Catar. En el minuto 30, un brillante pase de Robinson, que dominó la banda izquierda con una autoridad de señor feudal, permitió a Pulisic ceder la pelota a Balogun, que acertó a superar a Gill. Paraguay deambulaba por el campo como un boxeador medio sonado, suplicando que alguien tirase la toalla y acabara de una vez con aquella tortura. Estados Unidos atacaba en oleadas, de una manera casi febril, arrinconando a la defensa paraguaya, que solo era capaz de frenarles por amontonamiento de peones en el área pequeña. Únicamente una cierta falta de precisión en el último pase explica que el marcador al final de la primera parte no registrara una goleada de libro Guiness. Hubo un tanto anulado por fuera de juego y un cabezazo de Richards que acabó a centímetros del larguero. Para colmo, en el tiempo añadido, Balogun agarró una pelota en el área, hizo un amago y lanzó un misil que Gill solo pudo acompañar con la vista. El delantero del Mónaco lució su contundencia, acompañado con brillantez intermitente por un Pulisic cuyo número 10 figura en las camisetas de casi todos los aficionados. Los semblantes de los entrenadores al descanso harían inútil cualquier crónica: Pochettino se veía serio pero relajado, aliviado y satisfecho, mientras que Gustavo Alfaro, técnico paraguayo, parecía estar siendo estrangulado por su propia corbata. Paraguay buscó algo de amor propio en la segunda parte y sus ataques iniciales desvelaron ciertos desajustes en la defesa estadounidense, no demasiado graves aunque quizá reveladores de que la selección de Pochettino disfruta más con el balón en los pies que agazapada en su área. No les llegó la mecha a los paraguayos para mucho, pero al menos se permitieron maquillar el resultado con un gol de Mauricio en el minuto 72. El resto del partido se jugó porque así lo marca el reglamento, pero ni los paraguayos se vieron con fuerzas para intentar la remontada ni los estadounidenses quisieron derrochar más gasolina. No obstante, algunas combinaciones yanquis, sobre todo por la banda de Robinson, levantaron al público de sus asientos. Aún quedaba, sin embargo, el golpe final. En el último suspiro del partido, siete minutos más allá del tiempo reglamentado, Gio Reyna, que había salido del banquillo, se permitió el lujo de acomodar con mucha clase un disparo fulminante lejos del alcance de Gill. Estados Unidos cerró el partido inaugural de su Mundial con un resultado imponente, que le permite soñar. Aunque quizá más que el número estricto, ese cuatro a uno, haya que destacar su exhibición de rapidez, de vocación ofensiva, de entusiasmo. Los niños han salido al recreo y quieren seguir divirtiéndose.

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Author: Pablo Perez