José Gerbasi: El aprendizaje espiritual y ciudadano de Venezuela

Existe una ley invisible que rige el comportamiento humano y divide las almas en dos bandos. Abajo, en el subsuelo de la supervivencia, la gente compite, se copia, se critica y se mira con recelo. Es el reino de la escasez, donde se cree que si el otro gana, uno pierde; donde se pelea por las migajas. Arriba, sin embargo, el paisaje cambia por completo: la gente colabora. Los que ganan de verdad entienden que no hay competencia cuando se transita un camino propio, ni hay escasez cuando se descubre que el universo es infinito. Arriba se abren puertas, se celebran victorias ajenas y se invierte el tiempo en crecer juntos.

Esta máxima, que a menudo se aplica al éxito empresarial o al crecimiento personal, adquiere una dimensión profundamente psicológica, filosófica y conmovedora cuando la miramos a través del prisma de la historia reciente de Venezuela.

El proceso venezolano en su búsqueda de la libertad ha sido un laboratorio humano inédito. Durante años, el tejido social fue sometido a una estrategia quirúrgica de fragmentación. Se sembró la desconfianza vecinal, se atomizó a las familias a través de la migración forzada y se empujó a una sociedad entera a los niveles más básicos de la pirámide de necesidades. El sistema intentó obligar a un pueblo a vivir “abajo”, a pelear por las migajas del control social, a ver al compatriota como un competidor por los recursos más elementales.

Pero lo que ha sucedido en el alma del venezolano no tiene precedentes y es una lección de resiliencia para el mundo. En lugar de sucumbir a la antropofagia social, el país está experimentando una metamorfosis silenciosa pero imparable hacia arriba.

Filosóficamente, la libertad no es solo el fin de una opresión política; es la liberación de la mentalidad de escasez. Históricamente, los pueblos que han superado traumas profundos —como la reconstrucción europea tras la Segunda Guerra Mundial a través de la solidaridad comunitaria, o la transición sudafricana basada en el concepto del Ubuntu (“soy porque somos”)— lo lograron cuando entendieron que la salvación individual es una ilusión.

Venezuela está aprendiendo, a sangre y fuego, que la libertad es un ecosistema. El dolor compartido ha madurado la psique colectiva. Hoy, el ciudadano común empieza a mirar de reojo a quienes desde la política, el liderazgo o el día a día siguen compitiendo por migajas de ego, destruyendo al aliado y viendo amenazas en lugar de puentes. La sociedad civil venezolana está mudando de círculo. Está entendiendo que si tu entorno compite contigo en lugar de colaborar, estás en el lugar equivocado.¿

La gran esperanza venezolana radica en esa nueva madurez: la certeza de que el éxito real, el de reconstruir una nación desde los escombros, solo se cocina en la mesa donde se colabora. Ya no hay tiempo para la comparación estéril. El verdadero triunfo del espíritu venezolano es que, incluso en la noche más oscura, ha comenzado a buscar y a crear espacios donde la victoria del otro se celebra como propia. Porque abajo se sobrevive, pero arriba, donde se junta la resiliencia con la grandeza, es donde un pueblo se vuelve verdaderamente libre.

Vamos por más…

@jgerbasi

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Author: Pablo Perez